¿Restaurará Trump el antiguo orden en Oriente Medio?

Túnez.-La inesperada victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses ha suscitado reacciones muy diferentes en Oriente Medio, la región más convulsa del mundo y en la que un cambio de política de la única superpotencia mundial puede provocar mayores consecuencias. En algunos barrios, Trump genera aprensión. En otros, esperanza. En todos, altas dosis de expectación, ya que su política exterior permanece un enigma. En su campaña, el magnate, poco versado en la política internacional, no dedicó demasiado tiempo a las cuestiones internacionales. Y cuando lo hizo, se contradijo a menudo, sin presentar una visión clara de su política hacia la región.

Entre los analistas, es un lugar común afirmar que el margen de maniobra de un nuevo presidente en el ámbito internacional es más restringido de lo que él cree como candidato. El peso de las diversas agencias e intereses es enorme. Sin embargo, habrá que ver si también es así con un personaje tan excéntrico como Trump. En todo caso, a medida que va configurando su equipo de asesores, algunos rasgos parecen claros: despreocupación por la defensa de los derehos humanos; una voluntad de cooperar con Rusia en la región; y situar como gran prioridad la lucha contra el Estado Islámico, y probablemente, contra el islamismo político en general. ¿La realpolitik de Trump provocará un retorno al orden autoritario previo a la Primavera Árabe?

Un conflicto en el que ha intervenido directamente incluso antes de tomar posesión es el conflicto árabe-israelí. Trump conversó con el “premier” israelí, Benjamin Netanyahu y con el presidente egipcio, Abdelfatá al Sisi, para intentar evitar la aprobación de una resolución de condena por parte del Consejo de Seguridad de los asentamientos judíos en los territorios ocupados. Netanyahu sufrió un bofetón de la ONU, pero sabe que a partir de enero Washington ya no le presionará para detener la expansión de los asentamientos. El presidente electo ha prometido también trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, una decisión que podría suscitar la ira no solo de palestinos sino de la “calle árabe”, con el riesgo de provocar escalada violenta.

Hay otros dos escenarios en los que Trump puede introducir unos cambios trascendentales en la posición de EEUU: el pacto nuclear con Irán, y la guerra Siria. Durante la campaña, Trump reiteró en numerosas ocasiones su intención de romper el acuerdo internacional por el que Irán se comprometió a limitar su programa nuclear a cambio de un levantamiento de las saciones internacionales. Su posición es coherente con la del “establishment republicano”. Ahora bien, llevar a la práctica su promesa significaría un salto al vacío para toda la región, ya que Irán probablemente apostaría por hacerse con armamento nuclear, pudiendo desencadenarse una brutal guerra con ramificaciones en varios países. Además, habida cuenta de que el acuerdo es internacional, es muy probable que el resto de potencias mundiales no siguieran sus pasos.

En Siria, el presidente Bashar al Assad ya se frota las manos ante la hipótesis de que Washington retire su apoyo a los grupos rebeldes con el objetivo de conseguir un acuerdo de paz y la dimisión del raïs sirio. El alineamiento de Trump con su admirado Putin, que ha ejecutado una despiada campaña de bombardeos contra la población civil que apoya la oposición, llevaría a una victoria de al Assad, al menos en todas las zonas urbanas del país. No obstante, ello provocaría una nueva ola gigante de refugiados hacia Europa, y no evitaría el mantenimiento de una insurgencia, sobre todo en las zonas montañosas. Es decir, no desaparecería la violencia y la tensión en el país, el caldo de cultivo del extremismo islámico que Trump quiere erradicar. Además, siendo al Assad el gran aliado regional de Irán, su incontestable victoria sería también la de Teherán, la bestia negra de Trump.

En cuanto a las otras dos guerras regionales, Libia y Yemen, el resultado electoral representa una bendición para el general libio Khalifa Hafter, que apuesta por régimen dictatorial legitimido por una guerra total contra el islamismo político. En Yemen, la política de Trump es imprevisible. El conflicto es muy complejo y remoto, y es muy probable que a estas alturas Trump aún no sepa ni dónde situar el país árabe en el mapa.

Sin duda, El Cairo es la capital de la región en la que el triunfo del magnate fue recibido con un mayor entusiasmo. Al Sisi, un líder autoritario embarcado en una cruzada con el islamismo, parece el aliado ideal de Trump. De hecho, ambos ya se entrevistaron en septiembre en Nueva York, y el presidente electo le definió como “un tipo fantástico”. Tras las insidiosas críticas de la administración Obama por su brutal represión, Al Sisi espera de Washington manga ancha justo en el momento en el que más la necesita: tras aplicar un durísimo plan estructural y en vísperas de la decisión sobre su reelección en 2018.

Los países del Golfo, con Arabia Saudí a la cabeza, son los más ambivalentes. Su relación con Obama fue también tensa, y la melodía anti-iraní que toca Trump suena a gloria. Sin embargo, el presidente electo les advirtió en campaña que incrementará la factura de la protección del Ejército de EEUU, y su posición respecto al islam, con la promesa de prohibir la entrada al país a los musulmanes, no pueden ser del agrado de los guardianes de la Meca. De momento, las petromonarquías prefieren confiar que estos mensajes sean pura palabrería electoral. Hasta el 20 de enero, aún es posible soñar con el mejor Trump de los posibles.

Artículo publicado en La Nación el 28-12-16

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