Líbano, el eterno polvorín que no prendió la guerra de Siria

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Plaza de los mártires de Beirut, donde reposan los restos del Rafik Hariri

BEIRUT.-Más de 25 años han pasado desde el final de la guerra civil en Líbano, aunque nadie lo diría. En las zonas cristianas aún es fácil ver retratos gigantes de Samir Geagea, señor de la guerra acusado de crímenes de guerra. No es el único. Nabih Berri, eterno presidente del Parlamento y líder de la milicia chiita Amal, o Hassan Nasrallah, de Hezbollah, son omnipresentes en las zonas chiitas.

Lo mismo sucede con Walid Jumblatt, en la montaña drusa. Sin embargo, a pesar de la permanencia de estas actitudes sectarias, y contra todo pronóstico, el país de los cedros ha resistido la tentación de reabrir sus viejas rencillas, contagiándose de la incivil guerra siria. Y no será porque el conflicto vecino no haya afectado el tejido social y político libanés.

 

Según fuentes de la ONU en Beirut, se han registrado más de un millón de refugiados sirios en Líbano. Por lo tanto, la cifra real podría ascender a más de 1,3 millones en un país que contaba con menos de 5 millones antes del 2011. Puesto que la mayoría de los recién llegados son sunitas, su asentamiento definitivo alteraría el delicado equilibrio religioso del país, como sucedió con los centenares de miles de palestinos que llegaron décadas antes, la chispa que encendió el Líbano en 1975.

Además, el éxodo sirio se ha traducido en un aumento de las tensiones sociales, pues han saturado algunos servicios públicos, multiplicado los precios de los alquileres y hundido los salarios de los trabajadores no calificados. “Antes ganaba 1500 dólares en la industria del metal. Ahora, porque la mano de obra siria revienta los precios, en el sector se pagan unos 700 o 800 dólares”, se queja Mohamed, que ahora es taxista y que ya planea emigrar, secular salida a la falta de expectativas en dentro del país.

“Líbano es un país agarrado con agujas, que siempre parece a punto de estallar”, explica Tomás Alcoverro, decano de la prensa extranjera en la región, pues la cubre para el diario catalán La Vanguardia desde hace más de 45 años. Conscientes del grave peligro que se cierne sobre sus cabezas, los líderes políticos confesionales han decidido contener sus discrepancias respecto el conflicto sirio, en el que no solo mantienen posturas opuestas.

La milicia proiraní Hezbollah se ha involucrado de forma directa al lado de Bashar al-Assad, pues sus experimentados combatientes han desempeñado un rol como cuerpo de élite del ejército sirio en los más encarnizados combates.

De hecho, en el cementerio de Tiro, la mayor ciudad chiita del país, se cuentan una decena de “mártires” del “Partido de Dios”. Decoradas sus lápidas con fotos en color y banderas del grupo, sirven también de recopilación de las batallas claves del conflicto: Qusair, Guta Oriental, Deir Zor.

En respuesta, los grupos rebeldes sirios han chocado con las tropas libanesas en la frontera, y han llevado a cabo atentados en los barrios chiitas. En ningún lugar la tensión es mayor que en Trípoli, la principal ciudad del norte. Allí, irónicamente, la calle Siria separa el barrio alauita de Bab Tabaneh, de la misma confesión que Al-Assad, y el barrio sunnita de Jabal Mohsen. Los últimos años, los enfrentamientos entre vecinos de ambas comunidades se ha saldado con varios muertos.

Las tensiones internas y regionales han impedido la elección de un nuevo presidente, cargo que lleva ya más de dos años vacante. Igualmente, el país lleva un período parecido con un gobierno provisional, lo que se traduce en una degradación de los servicios públicos. El año pasado, un amplio movimiento social de protesta por la proliferación de las basuras en Beirut, bajo el sugerente lema de “Hueles mal”, sacudió los pilares del sistema político, poseído desde hace décadas por los líderes sectarios y señores de las guerra.

“Durante los últimos años, he percibido un endurecimiento de los comportamientos sectarios. Cada vez las diversas comunidades se mezclan menos y son más raros los matrimonios interreligiosos”, apunta Alcoverro, muy escéptico respecto a la posibilidad de cualquier cambio del status quo. Marwan Maalouf, uno de los líderes de “Hueles mal”, discrepa. “Lo conseguido el año pasado fue un éxito inédito y esperanzador: más de 100.000 personas manifestándose al margen de los partidos políticos y por una agenda no sectaria. El cambio es difícil, pero no imposible”, opina este joven abogado licenciado en Harvard.

Así pues, habrá que seguir de cerca la evolución del Líbano, que durante buena parte del siglo pasado fue vanguardia de un mundo árabe hoy martiriazado y sin rumbo.

Artículo publicado en La Nación el 16-10-2016

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