Interrogantes y riesgos de la operación de EEUU en Libia

En una ofensiva que según el Pentágono durará varias semanas, el ejército norteamericano llevó a cabo a principios de la semana pasada siete ataques aéreos contra posiciones de Estado Islámico (EI) en la ciudad libia de Sirte. Gracias al control de una franja costera de más de 100 kilómetros, el país del norte de África ha sido desde hace un año un potente bastión del grupo jihadista, y todo indica la apertura de un nuevo frente bélico en su contra más allá de Medio Oriente.

Pero ¿cuál será la intensidad y duración de la ofensiva estadounidense? ¿Se extenderá su participación a la OTAN y otros aliados en la lucha contra EI? Estos son algunos de los muchos interrogantes que suscita la intervención, que fue solicitada por el llamado Gobierno de Unidad del primer ministro libio, Fayez Serraj.

Las milicias aliadas con el gobierno -nombrado por la ONU, pero sin el consenso de la fragmentada sociedad libia- libran desde mayo pasado una lucha encarnizada con los combatientes de EI en Sirte. Bien pertrechados en el centro de la ciudad, gracias al uso de francotiradores, explosivos improvisados y ataques suicidas, los jihadistas han infligido numerosas bajas a sus adversarios: más de 300 muertos y 1500 heridos. De ahí la petición de ayuda militar aérea de Estados Unidos, que descarta de forma categórica el envío de tropas de combate terrestre.

Sin embargo, Washington, al igual que Londres y París, ya cuenta en Libia con efectivos sobre el terreno en tareas de asesoramiento y recolección de datos.

En Sirte quedan unos centenares de milicianos jihadistas, de los entre 3000 y 5000 que la inteligencia norteamericana calculaba que se hallaban en territorio libio. Habida cuenta de que la ofensiva sobre Sirte fue largamente anunciada, se cree que los dirigentes de EI en Sirte huyeron antes del inicio de las hostilidades. Aún así, la probable caída de la ciudad representará un duro revés para el grupo jihadista, pues se había convertido en un posible refugio para sus líderes en caso de una derrota en Siria e Irak y la descomposición de su proclamado califato.

Puesto que EI cuenta con células dormidas en varias ciudades de Libia, los expertos sospechan que la pérdida de Sirte se traducirá en un aumento de los ataques terroristas en este país, como ya sucede en las partes de Siria e Irak que el grupo no controla.

Las principales dudas respecto de la intervención es cómo afectará a los esfuerzos del Gobierno de Unidad para imponer su autoridad en un país sumido en el caos desde el final de la guerra civil que terminó con el régimen del dictador Muammar Khadafy, en 2011. La creación del gobierno presidido por Serraj fue una apuesta de las potencias occidentales por imponer el consenso y contar con un único socio en la lucha contra EI. Sin embargo, casi cinco meses después de su desembarco en Trípoli, el país continúa igual de dividido, ya que existe un gobierno paralelo en el Este que rivaliza con el de la capital.

Hasta el momento no ha sido posible convocar una votación para legitimar al gobierno de Serraj, en parte por el bloqueo que ejercen los aliados del general Jalifa Hafter, jefe del ejército en Tobruk, que lidera una potente alianza militar integrada por ex oficiales del ejército libio, tribus y milicias que controlan buena parte del Este del país.

El enemigo más acérrimo de Hafter son las milicias de Misurata, aliadas de Serraj y muy poderosas a nivel militar. Ellas son las que abanderan la ofensiva para arrebatar a EI el control de Sirte, un asunto que resulta muy polémico.

En este caótico contexto, la intervención militar de Washington constituye un arma de doble filo para Serraj. Por un lado, una victoria sobre EI podría ayudar a consolidar su popularidad y credibilidad, al mostrar que Estados Unidos es un sólido aliado suyo. Por el otro, lo expone a las críticas por haber autorizado una intervención militar occidental, asunto siempre delicado en el mundo árabe, sin contar con la legitimidad para hacerlo.

Precisamente, eso es lo que le achacan sus adversarios de Tobruk y el muftí de Libia, la máxima autoridad religiosa del país. Así, por el momento, ni siquiera el ocaso del “emirato” de Sirte parece que pueda allanar el camino hacia la reconciliación nacional en la convulsa Libia post revolucionaria.

Artículo publicado en La Nació el día 07-08-2016

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