“Cuando encontramos a náufragos, no pensamos en el dinero”

IMG_9312

Un grupo de pescadores del puerto de Katef

Katef.-Mientras la UE construye vallas cada vez más altas a su alrededor y firma con sus vecinos acuerdos de repatriación de dudosa legalidad, los pescadores del puerto tunecino de Katef, limítrofe con Libia, no dudan en rescatar a los náfragos que encuentran en alta mar. Y eso a pesar de que, a menudo, les obliga a retornar a la costa, perdiendo un día de trabajo y unos ingresos de entre 700 y 1.000 euros por barco. “Cuando encontramos náufragos, no pensamos en el dinero. Es una cuestión de humanidad”, asegura Salah Yahya, presidente de la asociación de pescadores de Katef, integrada por unos 200 miembros. Desde el 2011, los humildes marineros del sur de Túnez se han acostumbrado a compartir las aguas con todo tipo de precarias embarcaciones salidas de las playas libias rumbo a eldorado europeo.

“En verano, solemos encontrar de media una embarcación cada 15 días. A veces, solo hallamos cadáveres flotando”, cuenta Anuar Regab, un pescador de 31 años, mientras recose sus redes con otros tres compañeros. El Sol empieza a aproximarse al horizonte, y pronto tocará volver a adentrarse en el mar en busca de atunes y sardinas. “En la última barca que encontramos, había 56 personas. Pero al hospital, solo llegaron vivos 17”, comenta apesadumbrado Yahya. Aunque ya se ha acostumbrado a tratar con la muerte, a este veterano marino se le hace un nudo en la garganta al recordar una imagen grabada en su memoria: la de una familia siria encontrada flotando, con sus miembros encadenados de los brazos. Todos muertos.

Cada año parece ser más trágico que el anterior en el desordenado éxodo de inmigrantes y refugiados que presencia el Mediterráneo. Según la última estimación del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR), un total de 3.034 personas han fallecido en 2016 mientras trataban de llegar a las costas europeas, frente a 1.917 del mismo periodo del año anterior. Tan solo una semana del mes de mayo se calcula que fallecieron 880 personas en diversos naufragios cerca de la costa libia. Una vez sellada la ruta oriental del Egeo, se teme que se intensifique el tránsito en la vía central, que enlaza Italia con Libia. La isla italiana de Lampedusa se halla a más de 250 kilómetros de Katef.

Este pequeño puerto tunecino se ha convertido en un auténtico cementerio de barcas. Junto a las oficinas del sindicato, se ha formado una montaña con decenas de lanchas de plástico deshinchadas. En la bahía que forma el espigón, reposan dos naves medio hundidas de mayores dimensiones. “Aquellas, tienen 14 metros de eslora. Si llevaran 100 personas ya sería muy peligroso. Pues las encontramos con más de 350 harragas!”, comenta Yahia, utilizando el vocablo local para referirse a los migrantes. Los harragas son literalmente “los que queman”, tanto pasaportes como fronteras.

Todos los pescadores de Katef, así como los de la ciudad libia de Zuara y sus guardacostas, han recibido formación de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF), que posee una oficina y una clínica en la cercana localidad de Zarzis. “Les hemos proporcionado dos cursos, uno de rescate y otro de manejo de cadáveres. Cada uno, de un día de duración”, explica Mohamed Elshabik, director de la organización humanitaria en Túnez. Además de enseñarles cuáles son los protocolos para contactar por radio las autoridades costeras, técnicas de primeros auxilios y cómo rescatar de forma segura a los pasajeros de un barco que está hundiéndose, les han proporcionado material médico, chalecos salvavidas y “rados”, unos flotadores rectangulares a los que pueden agarrarse varias personas sumergidas en el agua.

“Llevamos siempre agua y azúcar para dársela a los náufragos. En los cursillos aprendimos que si llevan días vagando en el mar, sin haber ingerido nada, puede ser peligroso darles comida”, explica Yahia, un hombre bajito y enjuto, de tez dorada. Si son capaces de ponerse en contacto a través de sus radios con los guardacostas, su tarea a menudo se limita a calmar a los migrantes, ya sea en árabe con los sirios, o en francés con los migrantes venidos del África subsahariana, a la espera de la llegada de las autoridades.

“En los cursos también aprenden a cómo desinfectar el material que ha estado en contacto con los cadáveres. Los pescadores siente pánico por el contagio de enfermedades”, explica Melanie Guiot, encargada de coordinar los cursos de MSF. Sin embargo, este no es su único miedo. “A veces, hay tensión. Algunos han intentado abordar el barco. Nunca sabemos si pueden estar armados y querer secuestrarnos”, relata el líder de los pescadores de Katif. En las embarcaciones extraviadas, no se suele hallar ningún miembro de las mafias que trafican con personas. Habitualmente, uno de los migrantes, que ha recibido previamente algún cursillo básico de navegación, asume la labor de capitán.

A sus 42 años, Yahia es el último de una larga saga de pescadores y padre de cuatro hijos. Se muestra resignado sobre el futuro de sus vástagos: “Me gustaría que fueran a la escuela y que estudiaran … pero lo normal es que acaben siendo marineros”. Una labor que no resulta nimia en una era de egoísmo, guerras y naufragios en el Mediterráneo.

Publicado en El País el día 29-07-16

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s