Turquía se adentra en un oscuro túnel

Túnez.-El sentido común y algunos precendentes históricos sugieren que el fracaso de un golpe de Estado contra un Gobierno elegido en las urnas equivale a un reforzamiento del sistema democràtico. Este no es el caso en la Turquía actual, quizás porque ya hace tiempo que su presidente, Recep Tayip Erdogan, ha perdido el sentido común y la más mínima noción del llamado “sentido de Estado”. Una semana después del intento de asonada, todo parece indicar que, bajo la dirección de Erdogan, Turquía se adentra en un largo y peligroso túnel.

Durante los últimos días, mucho se ha especulado en los mentideros de Estambul y en las redes sociales globales sobre la posibilidad de que la sublevación del pasado jueves fuera en realidad un “autogolpe”. Ciertamente, el golpe fue una auténtica chapuza, pero en él participaron suficientes altos mandos, que se enfrentan hoy a durísimas condenas, como para pensar que Erdogan podía fácilmente manipularlos. Acostumabrado a tutelar la política del país durante décadas, el Ejército no aceptó de buen grado la subordinación a la que lo sometió Erdogan, por lo que el presidente no contaba con muchos simpatizantes entre los uniformados.

Sea como fuere, si la noción del “autogolpe” es popular en ciertos sectores es por la reacción inmediata y oportunista del Gobierno turco. A un ritmo vertiginoso, el Gobierno ha ido anunciando medidas destinadas a purgar los cuerpos del Estado de sus detractores y a erosionar unos derechos individuales que tanta sangre y sudor costó consagrar. De momento, unos 60.000 funcionarios han sdo despedidos o suspendidos de su trabajo, incluidos jueces, fiscales y funcionarios del Ministerio de Educación -¿qué tendrán que a ver con un golpe militar? El jueves, el Gobierno decretó el Estado de emergencia durante tres meses suspendiendo la Convención Europea de Derechos Humanos. Y todo ello, mientras Erdogan insiste en la necesidad de reintroducir la pena de muerte.

Jamás los efectos del fracaso de una intentona golpista fuero peores para el sistema democrático de un país. Ahora bien, la reacción de Erdogan no es del todo inesperada. Algunos analistas ya advirtieron de este peligro la misma noche de la asonada. Después de haber culminado la democratización de Turquía durante sus dos primeros mandatos, siempre tras el señuelo de la entrada en la Unión Europea, a partir del 2011 Erdogan empezó a deshacer el camino andado. Entonces, su enfrentamiento con un antiguo aliado, el clérigo Fetullah Gullen, hizo aflorar graves casos de corrupción en el entorno presidencial. Incapaz de asumir sus errores y corregirse, Erdogan se conjuró para desarbolar el Estado de Derecho y cualquier otro mecanismo de escrutinio de su Gobierno, incluida la prensa independiente.

En su huida hacia adelante a la búsqueda de una presidencia vitaliacia, Erdogan se ha propuesto vaciar la democracia turca de garantías y derechos hasta convertirla en una mera cáscara electoral. Más que tics autoritarios, sus acciones parecen responder a un proyecto bien planeado, y nada original, por cierto. Muchos otros le precedieron con fórmulas más o menos parecidas, como su ex enemigo Vladimir Putin. La empresa amenaza de hacer estallar la paz social en todo el país -de momento, ya lo ha conseguido en las zonas kurdas-, y retrotraer a Turquía a los convulsos y violentos años setenta y ochenta.

Neutralizado ahora sí el Ejército -casi un tercio de sus generales han sido arrestados-, tan solo un actor puede frenar a Erdonar: la sociedad civil turca, ya sea en la calle o las urnas. Los próximos meses y años veremos hasta qué punto los principios democráticos echaron raíces en la joven democracia turca, y las políticas liberticidas del Gobierno generan resistencias. ¿Saldrán sus jóvenes e intelectuales a la calle a defender los derechos conquistados los últimos años?

Erdogan se ha convertido en una figura muy polarizadora: medio país lo ama, el otro medio lo detesta. El AKP, su partido, ha vencido con claridad todas las elecciones celebradas desde el 2002. De ideología islamista, posee una amplia base electoral gracias al apoyo de los sectores más tradicionales y devotos de la sociedad turca. Sin embargo, sus triunfos se deben también al apoyo de ciudadanos desideologizados que han premiado la estabilidad y prosperidad que trajó la primera década de Gobierno islamista. ¿Le mantendrán estos últimos la confianza ahora que la economía pierde fuelle y la estabilidad se ha evaporado? ¿Formara algún líder histórico del AKP defenestrado por Erdogan, como Abdula Gul, un nuevo partido que dividirá su electorado?

No es fácil predecir qué trayectoria dibujará los próximos años la turbulenta Turquía de hoy, afectada por la guerra civil siria y el “despertar kurdo” en toda la región. Pero de lo que no hay duda es que, habiendo podido entrar en el panteón de los próceres de la nación turca, a Erdogan su desmesurada ambición le hará acabar mal.

Artículo publicado en La Nación el día 25-07-16

One thought on “Turquía se adentra en un oscuro túnel

  1. Jo també he llegit en diferents mitjans de comunicació o reds socials el tema de l’autocop d’Estat i no ho desmentiria pas. Aquest Erdogan no sap que és governar, no té vocació de polític, no estima al poble ni al país sinó actuaria de maneres ben diferents de les que ho ha fet fins ara. I de que li ve la dèria d’instaurar la pena de mort?, que no en té prou amb les matançes que s’han produit?.
    És realment un cas patològic i si no l’aturen portarà el país més a la misèria del que ho està ara.
    Tan de bo surgeixi un nou partit amb gent amb idees renovadores i li parin els peus. Si surt un altre partit amb bones propostes, penso que molts dels ciutadans turcs que el voten ho fan per por, i deixaria de ser el Cap d’Estat, si es fessin eleccions.

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