Mercantilisimo político y muerte en Egipto

Giulio Regeni era un joven investigador italiano con un brillante futuro. A sus 28 años, cursaba un doctorado en Relaciones Internacionales en la prestigiosa Universidad de Cambridge. Tras haber pasado varios años aprendiendo la lengua árabe, había decidido realizar su tesis sobre los movimientos sindicales de Egipto. Su cadáver apareció en la cuneta de una carretera en las afueras de El Cairo nueve días después de su desaparición, el pasado 25 de enero. Según el fiscal egipcio Ahmed Nagi, su cuerpo sin vida ofrecía múltiples señales de haber sido torturado. Tras leer la autopsia, el ministro del Interior italiano, horrorizado, describió la violencia que sufrió Regeni como “inhumana, animal”. Reuters reveló que su calvario duró una semana entera.

Excepto el Gobierno egipcio y sus apologetas, pocos dudan de que el joven investigador murió a manos de los servicios de seguridad egipcios. Los brutales métodos de tortura que padeció coinciden con los centenares de casos documentados por las organizaciones de derechos humanos tanto locales como internacionales en las comisarías y cárceles del país árabe. Además, ningún grupo yihadista ha reivindicado su asesinato, que habría constituido una operación de enorme dificultad. No en vano, Regeni desapareció en el centro de El Cairo el día que se celebraba el quinto aniversario de la Revolución. Ante la previsión de protestas, aquel día los alrededores de la plaza Tahrir estaban tomados por las fuerzas de seguridad y repletos de informantes. Resulta impensable que pudiera ser abducido sin el conocimiento de las autoridades. Por si estos indicios no fueran suficientes, tres fuentes de seguridad egipcias confirmaron a The New York Times que Regeni fue arrestado aquel 25 de enero. Obviamente, el Gobierno egipcio lo niega.

Por muchas vueltas que le demos, es imposible encontrar una lógica a este asesinato. Es cierto que decenas de egipcios mueren cada año a causa de las torturas o en ejecuciones extrajudiciales. Y también lo es que Regeni trataba un asunto más sensible de lo que parece –el embrión de la Revolución de 2011 fue la revuelta obrera de Mahala en 2008–. Pero el investigador italiano no representaba una grave amenaza para el régimen del mariscal Abdelfattah Al Sisi y, como ciudadano europeo, debería haber contado con una mínima protección. ¿Cómo se puede explicar su trágica muerte?

En primer lugar, por el hecho de que los servicios de seguridad egipcios han escapado al control de la presidencia del país, algo impensable durante el régimen anterior de Hosni Mubarak. Entonces, los occidentales eran una auténtica línea roja. En segundo, por la impunidad casi absoluta, tanto dentro de Egipto como a nivel internacional, de la que goza esta despiadada máquina de torturar y matar que es el Ministerio del Interior. Por desgracia, la diplomacia occidental no es ajena a esta situación.

Tras el golpe de Estado de 2013 ejecutado por Al Sisi contra el islamista Mohamed Morsi, el primer presidente elegido en las urnas en la historia del país árabe, Occidente frunció el ceño. No era para menos. Contrariamente a los temores que había suscitado durante décadas la hipótesis de un gobierno islamista, los Hermanos Musulmanes hicieron gala de una notable moderación, sobre todo en su política exterior. Las embajadas occidentales presumían de sus buenas relaciones con las más altas esferas de la cofradía. Y Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, incluso llegó a alabar públicamente a Morsi por su rol como mediador en la guerra de Gaza de 2012.

Ni tan siquiera la masacre de Rabá Audawiya –el desalojo de un campamento de protesta en el que murieron cerca de 1.000 personas– el 14 de agosto del 2013 conllevó severas consecuencias para el nuevo régimen. En Europa hubo algunas declaraciones críticas y, en EE. UU., una congelación parcial de la ingente asistencia militar anual que recibe El Cairo desde su acuerdo de paz con Israel. Pasados unos meses, cuando el recuerdo de Rabá empezó a difuminarse, Occidente rehabilitó a Al Sisi. Los primeros en dar el paso fueron Hollande y Renzi, que lo recibieron con todos los honores en sus respectivos palacios en noviembre de 2014. Luego, Madrid, Berlín y, finalmente Londres desplegarían la alfombra roja. Obama no ha enviado al mariscal una invitación a la Casa Blanca, sino un valioso premio de consolación: la eliminación de cualquier condicionalidad relativa a los derechos humanos en su cheque anual de más de 1.000 millones de euros.

Hasta ahora, tan solo el Parlamento Europeo condenó la semana pasada sin tapujos los abusos sistemáticos en Egipto a raíz del asesinato de Regeni, desatando la indignación del gobierno egipcio. ¿Qué ha ofrecido Al Sisi a cambio del espaldarazo occidental? Una suavización en la represión está claro que no. La lista de los horrores del régimen crece cada año. Quizás en el futuro los historiadores describirán a Al Sisi como el “Pinochet árabe”. Durante el último año, se han multiplicado los casos de opositores desaparecidos, la mayoría encerrados en las cárceles secretas del país, auténticos agujeros negros del más elemental respeto a los derechos humanos. Además de los Hermanos Musulmanes, también forman parte de la lista de “organizaciones terroristas” el movimiento juvenil 6 de Abril, clave al inicio de la Revolución, e incluso los hinchas de los equipos de fútbol.

Las cancillerías occidentales ni tan siquiera han obtenido –o han exigido– la liberación de activistas laicos como Ahmed Maher o Alaa Abdelfattah, iconos de la plaza Tahrir en 2011. Entonces, junto a otros líderes juveniles, fueron agasajados por medios de comunicación, think tanks y Gobiernos occidentales. Eran la esperanza de un nuevo mundo árabe. Hoy languidecen en la cárcel por el “delito” de haber participado en manifestaciones sin previo aviso a las autoridades. A cambio de su apoyo a Mubarak, el denostado George W. Bush al menos consiguió excarcelar al sociólogo Saad Eddin Ibrahim, uno de los más molestos opositores del raïs. Ahora, ni tan siquiera esta opción parece estar encima de la mesa.

En su defensa, las cancillerías occidentales aducen la necesidad de preservar la cooperación de los servicios de inteligencia en la lucha contra el yihadismo, el temor a que el Daesh se ampare de un país –o de una parte– tan estratégico como Egipto, así como la sacrosanta estabilidad. Estos argumentos resultan poco sólidos. Veamos. La cooperación antiterrorista no cesará porque Egipto la necesita tanto como Occidente. El Daesh incordia al Ejército egipcio, el más poderoso del mundo árabe, pero no puede convertir el valle del Nilo en un nuevo Iraq.

Respecto a la estabilidad, la poca que había se esfumó tras el golpe de Estado. Las cifras hablan por sí solas. Entre el 1 de enero y el 30 de junio del 2013, fallecieron en Egipto una decena de personas a causa de la violencia política. Entre junio y diciembre de 2015, hubo más de 350. A más represión, más violencia, no más estabilidad.
Así pues, por eliminación nos queda una sola razón para explicar la política occidental hacia Egipto: business is business. Con la financiación saudí, Al Sisi se ha lanzado a una carrera de edificación de proyectos faraónicos que pueden reportar pingües beneficios para las empresas contratistas.

En París, andan más felices que unas castañuelas por haber colocado los dudosos cazabombarderos Raffale por el módico precio de 5.200 millones de euros. En Roma, la multinacional Eni se frota las manos con el acuerdo de explotación del que puede ser el mayor yacimiento de gas natural en el Mediterráneo. Y en Madrid, suspiran por solucionar el conflicto que mantiene inactiva la planta de Unión Fenosa en la costa egipcia y por obtener el contrato para la construcción de una línea ferroviaria de alta velocidad entre Alejandría y Asuán. Ah, y en Washington el lobby armamentístico y proisraelí continúan campando a sus anchas por el Capitolio. Todo bien, gracias.

Para los embajadores occidentales en El Cairo, la presión que padecen sus compatriotas investigadores, periodistas o académicos a manos de las autoridades egipcias resulta una distracción, cuando no un engorro. Les absorbe un tiempo y unas energías que podrían dedicar a otros asuntos “más importantes”. Larga es la lista de reporteros e investigadores acosados, arrestados o deportados por realizar su trabajo sin una reacción enérgica de sus respectivos Gobiernos. El verano pasado, la policía egipcia arrestó a un pequeño empresario italiano por su condición de homosexual. Le tocó casi un mes entre rejas. Y no pasó nada. Al mismo tiempo que Regeni era asesinado, una nutrida delegación de empresas italianas visitaba El Cairo. Pobre Giulio.

La política exterior debe ser un equilibrio entre intereses y valores. De acuerdo. Una ruptura de relaciones diplomáticas aún dejaría más desprotegidos a los ciudadanos occidentales en Egipto. Cierto. Pero nadie estaba obligado a coronarlo como un gran líder regional. La diplomacia es el arte de la cesión y el acuerdo, no del servilismo. Nuestra política exterior ha sido remplazada por el mercantilismo, y los embajadores se han convertido en meros agentes comerciales de las multinacionales de sus respectivos países que, a menudo, compiten entre sí por unos mismos contratos. Así pues, que nadie se sorprenda si en esta parte de mundo llamada Oriente Medio la opinión de la Unión Europea se halla a la altura del betún o si la democracia ha perdido apoyos entre la población. No es para menos.

Artículo publicado en Contexto el 30-04-2016

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