El ISIS abre un nuevo frente en Túnez

A pesar de que no existe ninguna reivindicación oficial, todo apunta a que el ataque perpetrado contra las fuerzas de seguridad tunecinas el pasado 7 de marzo en la ciudad meriodional de Ben Guerdane, limítrofe con Libia, fue llevado a cabo por el autodenominado Estado Islamico o ISIS. La ofensiva, en la que se estima que participaron docenas de combatientes, al menos 50, constituye un salto cualitativo en la amenaza que representa esta milicia yihadista para la joven democracia tunecina. Por su naturaleza y envergadura, la acción sugiere el paso del ISIS de actividades terroristas, centradas en el reclutamiento de militantes y la realización de atentados, a otras de tipo insurgente, es decir, con la finalidad de hacerse con el control de territorio.

Si bien la ofensiva contó con un número de efectivos sin precedentes en la historia de los movimientos yihadistas en Túnez, los militantes del ISIS se encontraban claramente en inferioridad frente a las fuerzas de seguridad, con una presencia importante en una ciudad con una gran importancia estratégica. El Gobierno tunecino considera que el objetivo del ISIS era instigar una rebelión popular, provocar la deserción de las tropas del Ejército e instaurar un emirato en la zona fronteriza con Libia, una estrategia parecida a la llevada a cabo en Mosul, entre otras ciudades.

Otra posible interpretación apunta que la acción del ISIS tenía unos objetivos más humildes, como hacerse con el control de instalaciones de la policía y el Ejército y hacer ondear allí su bandera. Según esta teoría, la milicia yihadista habría actuado con una cierta precipitación después del arresto dos días antes del hermano de uno de sus líderes en Ben Guerdane. Ante la impresión de que las fuerzas de seguridad estaban estrechando su cerco y que las células podrían ser desarticuladas en cuestión de días, decidieron lanzar un ataque buscando una victoria de tipo más bien propagandístico que militar.

Sea como fuere, la mayoría de expertos consideran que el ISIS cuenta todavía con al menos centenares de militantes dentro de Túnez, y que el golpe que recibió con la muerte de al menos 60 de sus combatientes y la detención de otra decena, no será definitivo. Es de esperar que durante los próximos meses se redoble la presión sobre las fuerzas de seguridad, sobre todo en el sur del país, y no se descarta la realización de nuevos atentados terroristas en la capital o en zonas turísticas, como los que tuvieron lugar el año pasado en el Museo del Bardo y en una playa de Susa.

La reacción firme de las fuerzas de seguridad, cuya preparación había suscitado serias dudas, ante la más ambiciosa ofensiva yihadista hasta la fecha constituye una noticia positiva. Como también lo es el apoyo que les brindó la población de Ben Guerdane, algo que no estaba garantizado. Esta ciudad fronteriza vive sobre todo del contrabando con Libia y forma parte de las zonas tradicionalmente marginadas por el Estado. Por esta razón, se había especulado con la posibilidad de que las redes mafiosas pudieran sellar una alianza con el ISIS en su pulso con el Estado, algo que, de momento, no ha sucedido.

Sin embargo, no hay duda de que el ISIS representa una seria amenaza para un país que todavía no ha cerrado las costuras de su transición. Además de la amenaza yihadista, Túnez se enfrenta a otros importantes desafíos, entre ellos, la apatía política de un segmento importante de la población que no ha visto cumplidas sus expectativas después de la revolución, y el estancamiento económico que impide proporcionar empleo a centenares de miles de jóvenes parados de larga duración.

Además, a la transición le quedan aún varias asignaturas pendientes, como la reforma del ministerio del Interior para poner fin a los abusos policiales. En la fase actual de la lucha contra el ISIS, quizás el mayor riesgo que corre Túnez es desatar una ola de arrestos masivos e indiscriminados de presuntos simpatizantes yihadistas o de sus familiares, lo que podría acabar repercutir en un aumento del apoyo al ISIS en una franja de la población. Por esta razón, los países europeos no solo deben aumentar la cooperación en los ámbitos económicos y securitarios, sino a la vez presionar al Gobierno para que sus políticas vayan en la dirección correcta, es decir, la de construir una democracia robusta que garantice los derechos y libertades de sus ciudadanos, incluida la libertad de culto.

Artículo publicado en el Blog de la Fundación Alternativas

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