Las potencias occidentales sospesan una intervención militar en Libia

Todas las señales sugieren que se prepara una nueva intervención militar occidental en Libia, país sumido en el caos después de la guerra civil de 2011 y en el que el grupo terrorista Estado Islámico (EI) extiende su área de influencia.

En Túnez, el gobierno ya ha iniciado los preparativos para recibir a miles de refugiados. Según publicó esta semana Le Monde, Francia ya ha desplegado sobre el terreno miembros de sus fuerzas especiales, así como de los servicios secretos. Y en Washington, que probablemente posee también algún tipo de presencia militar en el país magrebí, las diversas ramas del gobierno no debaten si debe haber una intervención, sino cuál debe ser su dimensión.

Casi cinco años después de que la OTAN neutralizara al ejército de Muammar Gadafy para protección de los derechos humanos, esta vez la justificación es la lucha contra el EI. La milicia jihadista ya controla una franja costera de más de 100 kilómetros alrededor de la ciudad de Sirte, el antiguo bastión del dictador. Desde allí ha lanzado diversos ataques contra las instalaciones petrolíferas amenazando la principal vía de financiación de las únicas instituciones estatales aún en pie.

EI cuenta en su haber diversos enclaves distribuidos por la geografía del país, además de células durmientes en varias ciudades, preparadas para levantarse en caso de una ofensiva para ampliar su territorio, la misma estrategia que les permitió capturar en seis meses una amplia franja de Siria e Irak.

De acuerdo con las estimaciones de la inteligencia estadounidense, EI dispone de por lo menos 6000 combatientes en Libia, y lo que es más preocupante, su flujo no cesa de aumentar a medida que la comunidad internacional ha conseguido dificultar la entrada de sus simpatizantes a Siria e Irak. Se teme que la milicia aspira a convertir Libia en la sede de su califato en caso de ser desalojada de Medio Oriente.

En lo que podría ser una advertencia, el ejército estadounidense condujo la pasada semana un bombardeo contra un presunto campo de entrenamiento de la milicia jihadista en Sabrata, a unos 100 kilómetros de la frontera con Túnez. El ataque mató a 45 personas de diversas nacionalidades, la mayoría tunecinos, así como dos diplomáticos serbios allí secuestrados. “Estamos trabajando con los socios de nuestra coalición para garantizar que aprovecharemos las oportunidades que se nos presenten para evitar que el EI se atrinchere en Libia”, ha declarado el presidente Barack Obama, que ya ordenó un ataque contra una instalación del Estado Islámico el pasado mes de noviembre.

Si bien los ataques de París han imbuido a los gobiernos occidentales de un mayor sentido de urgencia en la batalla contra el grupo jihadista, no existe un consenso sobre cuál debe ser la naturaleza de la intervención. Italia, un país clave puesto que sus costas se encuentran a sólo 350 kilómetros de Libia, se muestra reticente a una intervención a gran escala, sobre todo si no se realiza conforme a la legislación internacional.

Sin duda, una campaña de ataques aéreos acompañados por una ofensiva terrestre de tropas libias bajo las órdenes de un gobierno legítimo es la opción preferida de todas las cancillerías occidentales.

Pero la comunidad internacional ha sido incapaz de forzar a las dos grandes coaliciones políticas y militares enfrentadas en Libia desde 2014 a suscribir un acuerdo de paz que incluya la formación de un gobierno de unidad nacional. El martes, el Parlamento de Tobruk, una de las dos cámaras legislativas que reclama representar al pueblo libio, no logró el quórum para votar sobre la iniciativa de paz propuesta por la ONU desde el pasado otoño.

Ante este escenario, en Washington crece la tentación de alistar alguna de las milicias más potentes en la batalla contra EI. Ahora bien, el analista Frederic Wehrey, del think tank Carnegie, alertaba contra este escenario en un artículo reciente, argumentando que pasadas experiencias muestran que armar a una determinada facción elevaría sus ambiciones y agravaría la guerra de milicias actual, además de proporcionar munición propagandística a los jihadistas.

Artículo publicado en La Nación el día 29-02-2016

 

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