La amenaza del ISIS acelera las negociaciones de paz en la región

A través de senderos diferentes, los protagonistas de las tres guerras que desangran Oriente Medio se han situado simultáneamente ante una similar encrucijada: ¿ceder y pactar una solución política o continuar la lucha armada? Las próximas semanas serán claves para ver si es posible reconducir los conflictos de Siria, Libia y Yemen. En los tres casos, la empresa se antoja difícil, por mucho que la comunidad internacional presione a las partes y las poblaciones de estos países expresen también su hartazgo con un largo reguero de muerte y destrucción.

Los tres conflictos violentos se encuentran en un punto de maduración parecido: tras meses o años de combates, miles de muertos y una espiral de odio, no se vislumbra una victoria militar para ninguno de los bandos. Ahora bien, probablemente, de no haber ocurrido los terribles atentados de París, las partes y los mediadores internacionales se encontrarían aún en una fase de toma de la temperatura.

La renovada percepción del peligro que representa el autodenominado Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés) ha imbuido a las grandes potencias mundiales de un sentido de urgencia en resolver unos conflictos que tensan la región, y de los que se beneficia el grupo yihadista.

En el avispero sirio, el régimen de Bachar al-Asad y una parte de la oposición se encuentran más cerca que nunca de entablar unas conversaciones de paz, que Washington y Moscú sitúan para el próximo mes de enero. Más de 100 representantes de la oposición siria, incluidas algunas facciones armadas, se dieron cita la semana pasada en Riad para discutir una posición común frente a las negociaciones.

A la capital saudí no fueron invitados el ISIS ni Jubha al-Nusra (la filial de Al Qaeda en Siria), al ser consideradas organizaciones terroristas y no revolucionarias. La milicia Ahrar al-Sham sí fue, pero se retiró por discrepancias con el documento final. Es decir, las tres facciones armadas rebeldes más poderosas boicotearán las negociaciones.

“El camino hacia las paz está plagado de minas, y en cualquier momento pueden estallar”, ayer declaró pesimista el profesor Fawaz Gerges a la cadena en árabe de la BBC. A parte del rechazo de las principales milicias rebeldes, Gerges recordó que no existe aún solución al que ha sido hasta ahora el principal obstáculo para un solución negociada: el futuro del presidente Bachar al-Asad. La oposición, apoyada por Occidente, Turquía y Arabía Saudí, exige la dimisión de al-Asad al comienzo de la transición democrática. En cambio, Rusia e Irán, los sostenes del régimen, insisten que eso lo debe decidir el pueblo sirio. Al-Asad, por su parte, se mantiene firme en su deseo de mantener el poder a toda costa.

En Libia, las perspectivas tan solo son un poco más halagüeñas. El pasado domingo, en una reunión celebrada en Roma y en la que participó el secretario de Estado de EEUU, John Kerry, la comunidad internacional instó a los diferentes actores de la escena política libia a formar un gobierno de unidad nacional lo más pronto posible.

El país magrebí, sumido en el caos tras la caída del régimen de Gadafi en 2011, se encuentra partido en dos, pues dos parlamentos y dos gobiernos paralelos reclaman ser los legítimos representantes del pueblo libio. Y cada uno de ellos cuenta con una coalición militar integrada por decenas de milicias que llevan más de un año y medio guerreando.

Este descontrol ha permitido al ISIS irse implantarse peligrosamente en el país. La ONU anunció en noviembre la consecución de un principio de acuerdo entre las partes que, no obstante, aún no ha sido ratificada por ninguno de los parlamentos. Y es que las divisiones internas en cada uno de los bandos son notables.

En cuanto a Yemen, el miércoles está previsto que se sienten por primera vez en la mesa de negociaciones en Ginebra los rebeldes houthies y los representantes del gobierno yemení, presidido por el Mansur Hadi. El conflicto entre ambos, en el que se injirió una coalición militar liderada por Arabia Saudí para apoyar a Mansur, ha provocado la muerte de unas 6.000 personas desde el pasado mes de febrero, además de dejar al borde de la miseria a millones de personas en el país árabe más pobre.

Al igual que en Libia, el conflicto ha abierto las puertas a la llegada del ISIS. Si bien la raíz del conflicto es la distribución del poder entre las diversas facciones del país, la hostilidad entre los vecinos Irán y Arabia Saudí le ha dado una dimensión internacional a la pugna y ha complicado su resolución.

Artículo publicado el 15-12-2015 en La Nación

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