Un filo hilo entre París y Casablanca

chevauxA veces, una cadena gruesa, conspicua, enlaza los acontecimientos históricos. Otras, lo hace un hilo muy fino, casi invisible. Para percibirlo, es necesaria una gran agudeza histórica, o bien tener la fortuna de que una casualidad lo haga evidente, como me sucedió en las Jornadas Cinematográficas de Cartago, en Túnez, uno de los principales festivales de África.

El lunes se proyectó Ben Barka, la ecuación marroquí, un documental del año 2002 realizado por Simone Bitton que narra la biografía del malogrado y carismático opositor marroquí, fundador del partido de izquierdas Unión de Nacional Fuerzas Populares (UNFP). Héroe de la lucha por la independencia, Mehdi Ben Barka no se conformó con haber expulsado a los franceses. Su objetivo último era erradicar la pobreza y el subdesarrollo en el que vivía la mayoría de los marroquíes a través de la educación. Consciente de sus raíces humildes, nunca olvidó que fue una beca la que cambió se destino.

El jueves fue el turno de Much Loved, el polémico filme de Nabil Ayuch que ha sido censurado en Marruecos por abordar el tabú de la prostitución. No obstante, es su anterior película, Los caballos de Dios, la que encaja a la perfección con el documental sobre Ben Barka. Basado en la novela, este éxito de las taquillas cuenta la historia de los terroristas suicidas que perpetraron una cadena de atentados en Casablanca el año 2003. Aquel acto violento, despiadado y nihilista, contra bares y restaurantes se saldó con la muerte de 33 personas.

El fino hilo de la historia se encarna a veces en una persona, un grupo social o un lugar. Aquellos malditos suicidas crecieron en los arrabales de Casablanca, no muy lejos del lugar donde el 23 de marzo de 1965 una virulenta protesta contra el régimen del rey Hassan II se tornó en una auténtica masacre. Los manifestantes, estudiantes y parados, denunciaban la restrictiva política educativa del Gobierno, que pretendía limitar el acceso a las escuelas de secundaria. El astuto monarca prefería un pueblo dócil e ignorante. Algunos testigos aseguraron que las fuerzas de seguridad ametrallaron indiscriminadamente la multitud desde un helicóptero. Aquel acto represivo, despiadado y nihilista, se saldó con la muerte de unas 1.000 personas, según la prensa extranjera.

Aquel día Hassan II se asustó de veras. El episodio bien pudo ser el prólogo del asesinato de Ben Barka, que desapareció el 29 de octubre de 1965 nada menos que en su exilio parisino. Su rastro se esfumó tras abandonar un café de la capital francesa, cuando dos agentes de policía le instaron a que se subiera a su coche. Su misterioso homicidio fue una co-producción de los oscuros personajes que habitan las cloacas de los estados de Marruecos y de Francia, cuyo Gobierno, por cierto, tantas veces nos ha recordado estas semanas que es portador de los valores universales de la libertad y la igualdad. El fino hilo de la historia une las masacres de 1965, 2003 y 2015. De Casablanca a París.

Como suele suceder tras cada atentado yihadista en Occidente, algunos han sacado del cajón de los tópicos dos viejas preguntas: ¿Dónde están los líderes musulmanes laicos con un proyecto tolerante y de progreso? ¿Cómo es posible que la cultura árabo-musulmana haya engendrado el monstruo del yihadismo? La respuesta se halla enterrada en los archivos secretos de los servicios de inteligencia franceses y marroquíes. Exactamente 50 años después de su desaparición, los hijos de Ben Barka aún no saben cómo murió su padre ni dónde se encuentran sus restos.

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