El yihadismo, una ideología sanguinaria con perfiles diversos

El autodenominado Estado Islámico (EI) se ha convertido en la última y más descarnada expresión del yihadismo, una ideología sanguinaria que hace un lectura extrema e inédita de los textos sagrados del islam. Aparecido en los años 60, consiguió situarse en el centro de la política internacional gracias los atentados del 11 de septiembre del 2001 en EEUU de la mano de Al Qaeda. Tras la muerte de Bin Laden, y los duros golpes que ha recibido su organización después de más de una década de acecho, el EI ha tomado su relevo aprovechando la desintegración de los Estados iraquí y sirio para coger su relevo.

El yihadismo nació en las cárceles del raïs egipcio Gamal Abdel Násser. Allí, entre torturas, se radicalizó el egipcio Sayyid Qtub, un crítico literario de tendencia islamista que considerado el padre ideológico del yihadismo. En su libro “Al-ma’allum fil tariq”, Qtub argumenta que la jihad o guerra santa es una obligación para todo buen musulmán, al mismo nivel que los cinco tradicionales pilares de esta religión. Además, Qtub, que fue miembro de los Hermanos Musulmanes, sostiene que las sociedades musulmanas se han desviado del camino marcado por el profeta Mahoma y se han vuelto infieles, por lo que confía que una vanguardia revierta esta situación a través de la violencia.

Marginal durante la década siguiente, el yihadismo empieza a expanderse en los años ochenta al rebufo de la guerra de Afganistán. Los países occidentales ayudan y utilizan a grupúsculos integristas islámicos con la finalidad de asestar un duro golpe a la URSS. La victoria de aquellos luchadores fanáticos e idealistas contra una superpotencia mundial propulsa su popularidad en el mundo islámico y también sus ambiciones. Su próximo objetivo, en el que fracasarán estrepitosamente, es hacer caer las autocracias árabes, que ellos consideran “anti-islámico”.

Durante este periodo, el yihadismo se beneficia del caldo de cultivo creado por la difusión del wahabismo, la interpretación ultraconservadora del islam propia de la casta clerical de Arabia Saudí. En toda la región, proliferan las mezquitas y organizaciones caritativas sufragas gracias al boom del petróleo. Si bien es cierto que la ideología oficial del régimen saudí no es exactamente equiparable al yihadismo, su intolerancia hacia otras religiones y hacia interpretaciones progresistas del islam establece las bases emocionales e ideológicas de las que beben Bin Laden y compañía. Del wahabismo al yihadismo dista un paso hacia el margen más extremo del islam.

Este era el panorama hasta los antentados del 11-S, que no solo cambiaron las coordenadas del orden político mundial, sino también las del yihadismo. El “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington pasó a ser el paradigma de moda y la invasión de Iraq ofreció al yihadismo una ocasión de oro para erigirse en el campeón de un islam humillado por una nueva “cruzada cristiana”. Sin saberlo, George Bush abrió una caja de Pandora cuyas reberveraciones se hacen aún sentir en todo el mundo, desde París a Bali pasando por Siria.

En el periodo posterior al 11-S, Al Qaeda vivió un instante de gloria, y las camisetas y pegatinas de Bin Laden afloraron en los callejones de los suburbios árabes. Ahora bien, en el momento en el que sus sanguinarios atentados no se limitaron a EEUU, sino también golpearon Casablanca, Amán o un Bagdad ya libre de tropas estadounidenses, su popularidad empezó a caer hasta volver a convertirse en un movimiento marginal, lo que no impide mantener el apoyo de decenas de miles de fieles entre los 1.500 millones de musulmanes.

Aunque el yihadismo es una ideología más bien compacta, el perfil de sus adherents es variopinto. Como lo es la retahila de motivos que exhiben los militantes alistados a esta internacional del terror. Por ejemplo, poco tiene que ver el joven tunecino de un barrio marginal seducido por las promesas de un buen sueldo y una esposa que nunca podrá tener, con el muchacho del triángulo suní de Iraq harto de la represión del gobierno sectario chií de Bagdad, o el ciudadano francés musulmán, de padres inmigrantes y alienado por una sociedad que le rechaza.

Precisamente, este último es el perfi de la mayoría de los terroristas que han perpetrado los peores atentados de la historia reciente de Europa. Y, probablemente, también lo sea de quienes cometieron la tragedia del viernes en París. Se trata de jóvenes perdidos, con un grave conflicto identitario. A ellos, el yihadismo les ofrece una identidad pura y el calor de pertenecer a una comunidad solidaria y muy unida. Aunque esté formada por unos iluminados sin escrúpulos.

Artículo publicado en La Nación el día 12-11-15

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