El porqué de la “excepción” tunecina

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Una família descansa a la platja de Hamamet

El Comité del Premio Nobel de la Paz quiso reconocer la tarea de la sociedad civil tunecina, que desempeñó una labor decisiva para el éxito de la transición democrática en este país, cuna de las “primaveras árabes”, y el único que no sucumbió a la tentación de una desgarradora confrontación civil. El Cuarteto Nacional para el Diálogo, formado por las cuatro instituciones civiles de mayor peso, rescató el proceso de transición cuando se encontraba en el momento más crítico, tras el asesinato del diputado Mohamed Brahmi en julio de 2013, cuya responsabilidad la oposición laica atribuía al gobierno islamista.

Sin duda, la fortaleza de la sociedad civil tunecina es uno de los factores que explica la llamada “excepción tunecina”. Sin embargo, no es fácil discernir cuál es la variable crítica que sitúa a Túnez en una categoría aparte entre los países de la región. Probablemente, sea una suma de factores, y la sociedad civil no es el único.

En una entrevista concedida poco después de conocerse la noticia, Samir Shaafi, secretario general adjunto de la Unión General de Trabajadores Tunecinos (GTT), una de las instituciones del Cuarteto premiado, señaló dos elementos estructurales clave. En primer lugar, “el hecho de que la población tunecina tenga un mayor nivel de educación y una larga tradición cultural de tolerancia. Aquí no tenemos conflictos de tipo étnico o sectario”, reflexionaba el dirigente sindical.

Ciertamente, la homogeneidad de la población tunecina, que no incluye minorías nacionales ni religiosas, facilitó la transición. En otros países como Siria o Irak, la manipulación de estas identidades en lucha de poder desatada tras la caída de las dictaduras del partido Baath explica, en buena parte, su lastimosa situación actual. Además, el hecho de que Túnez, por su mayor contacto con Occidente, fuera el primer país árabe en aprobar una Constitución en 1861, sembró las semillas del pluralismo político que también enraizaron entre los islamistas de Ennahda.

El segundo factor estructural que señaló Shaafi es la geografía. “Nosotros estamos lejos de Medio Oriente y del conflicto árabe-israelí. Por eso, no hay potencias tan poderosas interesadas en inmiscuirse en nuestros asuntos domésticos. Solo falta ver los casos de Siria e Irak para ver que las intervenciones extranjeras sólo agravan los problemas, no los solucionan”, argumentaba el sindicalista con su voz de terciopelo. No le falta parte de razón a Shaafi, pero sería un error atribuir los conflictos que padecen los países árabes a una mano negra extranjera. En Siria, por ejemplo, los intereses de las potencias alimentaron las llamas del odio, pero fue Bashar al-Assad quien provocó la chispa necesaria, al convertir en una guerra sectaria una revuelta pacífica.

Y es que, en situaciones tan volátiles como una revolución, las decisiones de los líderes políticos acaban encaminando los países en una u otra dirección. Los factores estructurales, como el nivel educativo o la pluralidad religiosa, pueden empujar hacia un determinado sentido, pero no siempre determinan las elecciones. Quizás si el presidente Ben Ali, enfermo de cáncer, no hubiera huido en un avión a la primera de cambio hacia Arabia Saudita, en 2011, Túnez habría caído en una confrontación civil. Igualmente, si Khadafy o Al-Assad hubieran optado por exiliarse en algún país vecino, hoy estaríamos celebrando el éxito de las transiciones en estos países. La Historia es caprichosa en el mundo árabe y en el resto de los mundos desde tiempo inmemorial.

Artículo publicado en La Nación el día 10-10-2015

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