Las ambiciones de al Sisi

Un póster de al Sisi en El Cairo con lema: "Amor por Egipto"

Un póster de al Sisi en El Cairo con lema: “Amor por Egipto”

Una vez rota la oposición y consolidado su régimen, el presidente egipcio, Abdelfatá al Sissi, ha dado vía libre a la expresión de sus ambiciones, ya sea de tipo doméstico o internacional. Pocos días después de presentar en la conferencia de inversores de Sharm el Sheik un proyecto faraónico para la construcción de una nueva capital en medio del desierto, Al Sisi embarcó al país en la aventura militar liderada por Arabia Saudita en Yemen. El rais egipcio se ha propuesto recuperar para Egipto el papel de potencia regional perdido durante las últimas décadas, una apuesta arriesgada para un país que todavía está sometido a unos enormes desafíos.

Casi 20 meses después del golpe de Estado, ya se puede afirmar que el período de efervescencia revolucionaria iniciado en 2011 ha llegado a su fin. En teoría, aún no ha concluido el proceso de transición delineado en la hoja de ruta del verano de 2013, a falta de la constitución del nuevo Parlamento. Sin embargo, el nuevo orden político parece ya plenamente consolidado. Y no sólo por la manifiesta incapacidad de sus oponentes para provocar la caída del Gobierno, sino porque sus orientaciones políticas iniciales se han ido reafirmando. Entre ellas, la supresión de cualquier voz disidente y la conversión de la lucha antiterrorista en la principal lógica legitimadora del tiempo político.

Los diversos servicios de seguridad e inteligencia, con el Ejército a la cabeza, siguen dominando la escena política del país árabe y su filosofía guía la acción de gobierno. El poder ejecutivo está empeñado en imponer un aparente consenso social a través de la fuerza, y no a través de la negociación o el acuerdo con los diversos actores políticos del país. En este sentido, su actuación es muy parecida a la que caracterizó el régimen del ex dictador Hosni Mubarak.

Los informes de las organizaciones de Derechos Humanos, tanto egipcias como internacionales, no ofrecen dudas respecto a la dimensión de la represión: las torturas a manos de las fuerzas de seguridad son sistemáticas -han muerto más de 150 personas bajo custodia policial-, y el país cuenta con cárceles secretas, auténticos agujeros negros legales donde incluso hay recluidos menores de edad. Los Hermanos Musulmanes se han convertido en el enemigo público y sus líderes van acumulando condenas, algunas de ellas a la pena de muerte. De momento, no se observa ningún indicio de distensión en el conflicto entre la histórica organización islamista y el Estado, sino más bien lo contrario.

Este escenario de estabilización también se aplica para las acciones armadas de las milicias islamistas radicales. A pesar de las noticias casi diarias en los medios de comunicación oficiales de la detención o muerte de presuntos terroristas, sobre todo en la península del Sinaí, el Estado no ha sido capaz de eliminar el goteo de atentados de la insurgencia islamista. Sin embargo, hasta ahora, estos grupos tampoco han sido capaces de controlar de forma estable una franja sustancial de territorio, ni han podido asesinar ninguna figura de peso del gobierno. Es decir, se trata más bien de una enfermedad crónica que de un peligro mortal para el Estado, lo que no evita que el terrorismo ocupe el centro del debate público y se utilice para justificar cualquier restricción a las libertades individuales.

Junto a la represión, el régimen apuesta su supervivencia a un desarrollo económico que aporte mejoras en el nivel de vida de la mayoría de la población. Es una nueva versión del viejo pacto social autocrático que exige obediencia a cambio de prosperidad. Más pan y menos libertad. Su estrategia de desarrollo parece estar basada en la implementación de megaproyectos, como la construcción de un nuevo Canal de Suez o de una nueva y moderna capital en el desierto. Estas iniciativas han sido bien acogidas por la opinión publicada, muy dócil con el Gobierno, pero suscitan dudas entre algunos expertos. Varios analistas independientes han advertido que las previsiones sobre las que se basan estas propuestas son excesivamente optimistas. Más que desarrollar de forma sostenible el país, los megaproyectos parecen destinados a satisfacer los delirios de grandeza del presidente.

La política internacional del país también está dominada por una renovada ambición. Después de haber pasado varios años consumido por las disputas internas, el gobierno ha multiplicado últimamente los esfuerzos dedicados a la proyección exterior. La lucha antiterrorista es el hilo conductor que une ambas políticas, la doméstica y la internacional. Por primera vez después de varias décadas, el ejército egipcio llevó a cabo una operación más allá de sus fronteras el pasado mes de febrero. En respuesta al brutal asesinato de 21 cristianos egipcios a manos del Estado Islámico en Libia, Egipto ejecutó varios bombardeos aéreos contra posiciones del grupo yihadista en el país vecino.

Aprovechando esta acción, Al Sisi propuso la creación de una fuerza de intervención panárabe para hacer frente a la amenaza yihadista. Ignorada inicialmente, la propuesta resucitó unas semanas después, a raíz del golpe de Estado de las milicias huthis en Yemen y a la reacción firme de Arabia Saudita formando una coalición militar ad hoc para intervenir en su vecino del sur. El Cairo se sumó de forma entusiasta a la coalición anti-Huthi y, en la cumbre anual de la Liga Árabe celebrada en Sharm el Sheik, lideró la aprobación de la creación de una fuerza militar conjunta de los Estados Árabes.

Las ambiciones de Al Sisi en ambos frentes, el doméstico e internacional, podrían toparse con las restricciones de un contexto poco favorable a aventuras. Económicamente, Egipto se encuentra en una situación delicada, con un déficit público superior al 10% del PIB y no está nada claro que el sector privado quiera invertir en megaproyectos de dudosa viabilidad. En el frente militar, el Ejército ya libra una dura batalla con la insurgencia en el Sinaí, y se encuentra en estado de alerta ante las amenazas que representa la inestabilidad en Libia. Por tanto, una intervención terrestre en Yemen, costosa debido a la rugosa orografía, podría desbordar las capacidades de las Fuerzas Armadas. De hecho, algunas voces influyentes en los medios de comunicación ya han hecho sentir sus recelos.

Artículo publicado en la página web del CIDOB

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