Yemen, nueva campo de batalla para una vieja Guerra Fría

El CAIRO.- Con el estallido de violencia y el involucramiento de otros países, Yemen se sumó la semana pasada a la larga lista de países con un conflicto armado en Medio Oriente, una región en llamas cuatro años después de que se desencadenara la “primavera árabe”.

Como en otros escenarios de la región, uno de los combustibles de la deflagración es la nueva guerra fría por la hegemonía regional entre Irán y Arabia Saudita, primer exportador de petróleo mundial. Ante la amenaza de que las milicias hutíes insurgentes, aliadas de Irán, consigan hacerse con el control de su vecino del Sur, Riad inició el miércoles pasado una ofensiva de bombardeos que contó con el apoyo militar de varios países de la región, y con el respaldo político de Estados Unidos.

La batalla entre Irán y Arabia Saudita tiene un trasfondo básicamente político, pero también una vertiente religiosa. El wahhabismo, una corriente ultraconservadora del islam sunnita convertida en ideología oficial del régimen saudita desde su nacimiento, considera a los chiitas unos herejes e Irán constituye la gran potencia chiita. Precisamente, la solidaridad sectaria explica buena parte de las alianzas de Irán, como Hezbollah en el Líbano, o la oposición en Bahrein. Lo mismo puede decirse de los hutíes, chiitas de la rama zaídi.

En el tablero geoestratégico de Medio Oriente, un asunto clave es la negociación entre la comunidad internacional e Irán sobre su programa nuclear, cuya fecha límite es pasado mañana. Arabia Saudita ve con un enorme recelo la posibilidad de un acuerdo, porque una distensión entre Washington y Teherán minaría su condición de gran aliado estadounidense y podría multiplicar la influencia de su adversario en la región.

Esta lucha de poder se superpone con los conflictos internos de Yemen. El Estado árabe más pobre tiene un largo historial de tensiones domésticas. Después de más de un siglo de división política, en 1990 se firmó el acuerdo de reunificación entre los Estados del norte y el sur de Yemen. A pesar de ser una sociedad con una fuerte base tribal, el nuevo país se mantuvo unido gracias a la mano de hierro de Abdullah Saleh, presidente desde 1978. Sin embargo, la oposición a su gobierno despótico y corrupto fue creciendo hasta que el contagio de la “primavera árabe” lo catapultó en una revolución en 2011.

Saleh abandonó el poder en 2012. Un acuerdo entre las diversas facciones políticas yemeníes, auspiciado por Arabia Saudita, estableció la formación de un gobierno de unidad nacional presidido por Abd Rabu Mansur Hadi, vicepresidente de Saleh. Pero el astuto ex presidente no llegó a abandonar nunca la escena, y el acuerdo constituyó sólo un breve paréntesis en la descarnada lucha por el poder. Saleh es uno de los grandes aliados de los hutíes en su intento de asumir las riendas del país.

Hadi se hizo fuerte en Adén, la antigua capital del Sur, desde donde hace un mes pidió ayuda a la comunidad internacional para restablecer su legitimidad. Arabia Saudita, que teme verse rodeada por aliados de Teherán, respondió a su llamado. Aunque Hadi aspira a gobernar el país entero, la actual situación puede dar alas a los movimientos secesionistas del Sur y terminar volviendo a dividir el territorio yemení en dos Estados.

La tercera gran fuerza del panorama político yemení es la filial de Al-Qaeda en la Península Arábiga (AQAP). La milicia fue la gran beneficiada del caos en el que se sumergió Yemen después de 2011. Gracias a su alianza con varias tribus, fue capaz de convertir diversas regiones del país árabe en un santuario, solo al alcance de los ataques de los drones ordenados por el presidente Barack Obama. Y es que desde Yemen se planearon algunos de los atentados más peligrosos contra Occidente.

Aunque su estrella se vio eclipsada por la aparición fulgurante de Estado Islámico (EI), AQAP sigue siendo un actor importante. En parte, fueron sus militantes quienes frenaron la primera ofensiva de los hutíes, en septiembre, cuando ocuparon militarmente Sanaa. Con un gobierno central que sólo controla las ciudades adyacentes, los analistas consideran Yemen un claro ejemplo de Estado fallido. Una escalada bélica con intervención militar extranjera incluida podría aún agravar esta realidad.

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