Esos chivatos paranoicos

“Desde el principio, él sabe cuáles son sus objetivos … y nosotros no ahorramos en generosidad”, decía una voz en off en un oscuro spot televisivo del gobierno egipcio en 2012, durante el gobierno de la Junta Militar que sucedió a Hosni Mubarak. En las imágenes, un joven de ojos azules entraba en un café, y se ponía a hablar con un grupo de egipcios que le contaban los problemas del país. Mientras les escuchaba y soltaba alguna frase en inglés, enviaba un mensaje en teléfono móvil. El anuncio concluía con el mensaje: “Cada palabra tiene un precio; una palabra puede salvar a la nación”. Moraleja: Todos los extranjeros son espías.

Y de aquellos polvos estos lodos … Después de alimentar la imaginación de la población con alocados complós extranjeros a través de las tertulias televisivas durante varios años, Egipto se ha convertido en un país lleno de potenciales chivatos paranoicos. A medida que pasan las semanas se acumulan los ejemplos de esta triste realidad.

Alain Gresh, director de Le Monde Diplomatique y nacido en Egipto, fue retenido junto a dos periodistas egipcias durante varias horas por la policía porque una mujer les denunció por hablar de política en un café. “Vais a destruir Egipto!”, les gritó la energúmena antes de dirigirse a unos agentes y acusarlos de sedición.

Hace un par de semanas, dos ciudadanos británicos también pasaron por comisaria después que un hombre les acusara de hablar en inglés en el Metro y planear sabotajes. Obviamente, el delator no tenía ni papa de inglés.

A una compañera que hacía un reportaje para su cadena de televisión sobre la arquitectura del centro de El Cairo, le retuvo la policía porque una mujer le denunció estar grabando “pechos y culos”. Sí, claro. De todo el mundo es sabido que El Cairo viene a ser como los carnavales de Río de Janeiro, pero a diario. Sodoma y Gomorra a orillas del Nilo.

A este paso, cualquier día alguien me acusará de conspirar con unos marcianos para conquistar Egipto. Y la policía, seguro que investigará concienzudamente el caso: “¿Dónde tiene las antenas verdes, en la mochila? ¿Ha visitado alguna vez marte? ¿Dónde esconde su nave espacial”, me interrogará un agente con bigote.

Y lo más curioso es que estas pulsiones xenófobas conviven con la tradicional hospitalidad de los egipcios. Igual que un día te encuentras un chivato paranoico que se cree con la misión de salvar la patria de imaginarias conspiraciones, al siguiente un egipcio te apabulla con su generosidad a pesar de no vivir precisamente montado en el euro.

Toda una contradicción. Imagino que si las personas las tenemos, los países también. Yo sólo espero que la fase actual sea una especie de sarampión nacionalista que pasará más pronto que tarde. Y que se acabará imponiendo la naturaleza acogedora de Egipto, una de las razones por las que los extranjeros que aquí vivimos amamos a este país.

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