Egipto estrena la era al Sisi

Después del golpe de Estado del pasado 3 de julio que puso fin a un año de experimento islamista en Egipto, se produjo una cierta disonancia entre los centros de poder político formales e informales, al menos según la percepción de muchos observadores. Egipto contaba con un presidente interino civil, Adly Mansur, así como también con un gabinete bajo la dirección de un tecnócrata. Sin embargo, se consideraba que el resorte último de poder estaba realmente en manos de las Fuerzas Armadas, y más concretamente, del ministro de Defensa, Abdelfattah al-Sisi. Suyas eran las fotografías de los pósters y carteles que adornaban las calles de El Cairo, y él era el objeto principal de adulación de los medios de comunicación oficialistas.

Tras las elecciones presidenciales del pasado mes de mayo, ha desaparecido esta dualidad de poderes. Vencedor claro de los comicios, el flamante raïs al-Sisi es a todas luces el líder único del nuevo régimen. Así pues, la presidencia del país vuelve a corresponder a un hombre surgido de las filas del Ejército, como ha sucedido durante las últimas seis décadas con un breve interludio: el año de gobierno del islamista Mohamed Morsi y sus Hermanos Musulmanes.

Los tres convulsos años que han seguido a la Revolución del 2011 han reafirmado en su opinión a aquellos que sostienen que Egipto solo puede ser gobernado con puño de hierro por un general. Sin embargo, el Egipto del 2014 no es el mismo que el de las décadas anteriores. El país árabe ha experimentado muchos cambios en los últimos años, entre ellos el surgimiento de una generación de jóvenes con unas mayores expectativas y exigencias que sus padres. Por tanto, no está claro que aún funcione la misma fórmula que permitió a al ex dictador Hosni Mubarak gestionar Egipto sin mayores sobresaltos durante cerca de tres décadas. De hecho, las evidentes carencias del proceso electoral por el que al-Sisi resultó elegido, o mejor dicho ratificado, no han hecho sino aumentar la incertidumbre sobre el futuro de su presidencia.

Perspectivas de futuro

De todas formas, es innegable que al-Sisi goza del apoyo de un sector importante de la sociedad egipcia, ya sea un 30% o un 55%. Si a ello añadimos el pleno respaldo de las instituciones del Estado -cosa que no sucedía con Morsi-, podemos concluir que el mariscal será capaz de gobernar de manera efectiva, al menos durante la primera fase de su presidencia.

Ahora bien, eso no garantiza su éxito, pues el país se enfrenta a una seríe de problemas de gran magnitud. Entre ellos, una potente insurgencia islamista basada en el Sinaí; una economía estancada, incapaz de proporcionar suficientes puestos de trabajo a los más de 700.000 jóvenes licenciados que se incorporan cada año al mercado de trabajo; unas arcas públicas al borde de la bancarrota; y unas infraestructuras añejas incapaces de absorber el galopante crecimiento demográfico del país.

Consciente de ello, el nuevo raïs no se ha cansado de pedir paciencia a la ciudadanía, y ha estimado en dos años el periodo mínimo para que se dejen sentir los efectos de sus políticas. En una sociedad presa por el espíritu revolucionario, dos años es mucho tiempo, sobre todo si están jalonados por la toma de decisiones impopulares, como la reducción de los subsidios públicos. La única baza a su favor es el compromiso con el desarrollo de Egipto de los países aliados del Golfo Pérsico, que en el último año ya han enviado más de 20.000 millones de dólares. Los Hermanos Musulmanes constituyen una auténtica bestia negra para las petromonarquías del Golfo, por lo que harán todo lo que esté al alcance de sus profundos bolsillos para que el nuevo régimen se asiente.

A pesar de que al-Sisi no ha ofrecido demasiadas señales concretas sobre cuál es su visión de futuro para Egipto, todo apunta que el raïs no se alejará demasiado del rumbo adoptado por el actual Gobierno, tanto en el ámbito de la seguridad como de la economía. No hay que olvidar que al-Sisi formaba parte del gabinete actual como ministro de Defensa antes de anunciar su candidatura, y que sus opiniones eran muy tenidas en cuenta.

De su talante paternalista se deduce una visión de la sociedad eminentemente conservadora, no muy diferente de la de sus predecesores. “Si tenéis alguna información sobre algún tema [sensible], debéis susurrarlo al oído de las autoridades. Si es posible, sin hacerlo público”, exhortó a los principales directores de los periódicos egipcios en una reunión privada, un comentario poco halagüeño para el futuro de la libertad de prensa en el país, y en general, para las libertades individuales.

En esa misma plática, afirmó que Egipto no está preparado para un sistema democrático y pronosticó que necesitará “al menos 25 años” para obtenerlo. Este tipo de mensajes era muy habitual entre Mubarak y el resto de autócratas árabes antes de las revueltas árabes cada vez que recibían presiones de Occidente para democratizar el país. Por lo tanto, no es de esperar que la era al-Sisi sea muy diferente a la anterior a la Revolución del 2011. El perfil que acabe adoptando el nuevo Egipto dependerá de las negociaciones entre las diversas instituciones del Estado y algunos poderes fácticos.

La gran pregunta que suscita este escenario es si la juventud egipcia que se rebeló contra Mubarak en 2011 aceptará la reimplantación de aquel régimen bajo uns nuevos ropajes. ¿Les queda a los jóvenes de Tahrir aún energía después de tres años de batalla continua, de cárcel, muertes y torturas? En caso de que sea así, ¿volverán a confluir en las calles con los Hermanos Musulmanes después de la inquina acumulada entre ambos grupos? Una de las principales claves del éxito electoral de al-Sisi es que encarna la noción de orden para muchos sectores de la sociedad que anhelan la estabilidad, percibida como un requisito necesario para conseguir la prosperidad. Ahora bien, la historia sugiere que el camino más seguro hacia la estabilidad es el consenso político entre los diversos partidos y movimientos. El 3 de julio, al-Sisi apostó por tomar un atajo, el de la imposición del consenso por la fuerza. En principio, el mariscal dispondrá de cuatro años para demostrar que tomó la decisión correcta.

Extracto del artículo publicado en el número de verano de la revista Política Exterior. Para leer el artículo completa, hacer click aquí. 

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