El ostracismo de los islamistas en Argelia

Alger.-Es fácil adivinar la cercanía de la mezquita de Aprofal por el aumento progresivo de policías anti-disturbios. El templo, situado en el barrio de Kuba, un suburbio de Alger, es el principal punto de encuentro de los seguidores del ilegalizado Frente Islámico de Salvación (FIS), cuya victoria en las elecciones democráticas de 1990 desencadenó un golpe de Estado y una sangrienta guerra civil. Los viernes, tras el rezo del mediodía, los islamistas suelen intentar realizar manifestaciones de protesta. La policía actúa con contundencia y las dispersa. Alí Benhadj, su histórico líder, es arrestado a menudo, pero puesto en libertad los días siguientes.

“No nos dejan ni tan siquiera organizar una manifestación pacífica. Nos acusan de terroristas, pero ellos son los fascistas”, comenta en voz baja Abu Ossama, un militante del FIS que ha acudido a la mezquita acompañado de sus dos hijos. Unos minutos antes han arrestado a Benhadj y el ambiente es muy tenso. Una decena de furgonetas de policía rodea Aprofal, mientras docenas de personas observan de pie la escena. No está claro quiénes son militantes islamistas y quiénes pertenecen a la temida policía secreta algerina.

A pesar de haber sido descabezado durante los años noventa, el FIS no ha desaparecido. Según sus miembros, se encuentra solo en fase de hibernación. “La organización continúa existiendo, y está articulada a partir de los sheikhs del partido distribuidos por todo el país”, asegura Abu Ossama, un barbudo que regenta un pequeño comercio, y luce una impecable chilaba blanca.

“Benhadj es el único verdadero líder político que tiene Algeria”, sostiene Elias, de mediana edad y amigo de infancia de Abu Ossama. Ambos crecieron en este barrio, y pasaron cuatro años de cárcel acompañados de torturas durante a mediados de los noventa acusados de financiar una organización terrorista. “Si hubiese elecciones libres, las volveríamos a ganar”, asegura este devoto militante, en tejanos y chaqueta de cuero, que reconoce una relajación de la represión contra su grupo en los últimos años.

Los analistas políticos discrepan de este pronóstico. “El FIS tiene hoy un apoyo muy minoritario. Se le vincula directamente a la violencia de la guerra civil”, explica Louisa Dris-Aït, profesora de la Universidad de Alger. Más de 150,000 personas fallecieron en el conflicto bélico, que terminó en la pasada década con una victoria incontestable del Estado. Durante la guerra, se produjeron terribles matanzas de civiles que las autoridades atribuyeron a los grupos islamistas más radicales. “Nosotros solo nos defendíamos. Esas masacres las hicieron infiltrados del Ejército”, alega Elías.

Más allá de los yihadistas vinculados a Al Qaeda, sin apenas implantación popular, su gran competidor dentro del espectro islamista argelino es el Movimiento Social por la Paz (MSP), el mayor de los partidos islamistas legales. Inspirado en los Hermanos Musulmanes egipcios, el MSP mantiene un discurso político moderado. “Nuestro objetivo es la transformación del país en una democracia en la que se respeten los derechos y libertades de los ciudadanos”, explica Faruq Edaheb, uno de sus dirigentes. Solo al ser preguntado expresamente por la sharia, la menciona: “Nos gustaría que se inscribiera en la Constitución como fuente de la legislación, pero siempre dentro de un consenso”.

Esta retórica moderada ha ido acompañada de una práctica política muy pragmática. Quizás en exceso. “Durante una década se aliaron con el gobierno, e incluso contaron con varios ministros, perdiendo su áurea opositora. En 2012, viendo el éxito electoral de sus correligionarios en Túnez y Egipto, se desligaron de Bouteflika”, explica el periodista político Nouredin Azzouz. La operación no salió del todo bien, pues obtuvieron solo 48 escaños sobre un total de 462. “Esas elecciones estuvieron totalmente amañadas”, sugiere Edaheb, sentado al lado de una bandera de Argelia, y bajo una fotografía de la mezquita de la Roca, en Jerusalén.

Sea como fuere, a diferencia de sus países vecinos, el islamismo político no constituye un eje central en la política argelina. Arrinconados entre la violencia yihadista, la represión estatal y la cooptación, los movimientos islamistas no son capaces de marcar la agenda, y sus temas favoritos, relacionados con la moralidad pública, ocupan un lugar secundario. Algeria fue el primer país árabe en experimentar una “marea verde” electoral, el color del Islam, pero también el lugar donde su influjo ha retrocedido de forma más evidente.

Sin embargo, sería un error catalogar el islamismo de irrelevante. “Si el MSP juega bien sus cartas, tiene campo por correr en los próximos años”, sostiene la profesora Dris-Aït. La violencia yihadista no ha provocado una secularización de la sociedad argelina, que continúa siendo religiosa. A través de los canales por satélite del Golfo Pérsico, la interpretación ultraconservadora del Islam tiende al alza en el país. Si bien mantiene una actitud política quietista, constituye un terreno abonado para la reactivación del islamismo si cambian las coordenadas. Ahora bien, los movimientos islamistas deberán buscar un nuevo método de movilización, pues a diferencia de los años ochenta, la mayoría de mezquitas están bajo el férreo control del Estado.

* Artículo escrito en mayo, tras las elecciones presidenciales en Argelia

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s