Egipto y el esperpento

Decía el bueno de Antonio Machado que España era “un país de charanga y pandereta”. Me pregunto cómo definiría el poeta manchego al Egipto actual si levantara cabeza. Y es que Egipto no solo es un país donde reina la informalidad, la impuntualidad y la chapuza, sino aún peor: vive instalado en la mentira y en la eterna nostalgia de su glorioso pasado.

Egipto celebra en su día nacional, el 6 de octubre, una victoria militar que nunca fue. A lo sumo, consiguió un empate en la guerra de 1973 contra Israel. Pero eso es algo que uno nunca podría saber si leyera solo los libros de texto que compran las familias egipcias.

Como tampoco sabrá si lee los periódicos egipcios que la mayoría de acciones terroristas que ha vivido el país en los últimos meses no son obra de los Hermanos Musulmanes, sino de un grupo yihadista llamado Ansar Bait al-Maqdis que existe desde 2011. Fue este grupo el que reivindicó el brutal atentado en la comisaría de Mansura que provocó la designación oficial de la Hermandad como grupo terrorista.

Lo que sí creerá el lector de periódicos egipcios es en la existencia de todo tipo de conspiraciones cósmicas contra su país. Que Obama tiene un plan malévolo para convertir Egipto en una Siria II, al Ahram dixit. O que los Hermanos Musulmanes, con Morsi en el poder, eran capaces de conspirar a la vez con Israel e Irán, dos aliados tradicionales que se profesan amor eterno.

La tendencia nacional a crear un mundo paralelo e irreal ha alcanzado ya el esperpento con el anuncio por parte del Ejército del descubrimiento de un dispositivo que permite detectar la Hepatitis C y el Sida sin necesidad de análisis de sangre. Toda una revolución científica … si fuera cierta. Pero hay varios indicios que aconsejan, cuanto menos, dudarlo.

Para empezar, algunas fuentes militares han asegurado que el dispositivo no solo “detecta”, sino que “cura” estas dos graves enfermedades. Cómo lo hace, es todo un misterio porque no se han desvelado sus características, más allá de que está formado por un mango del que sale una antena. Parece que la tecnología está extraída de un detector de bombas. Muy sospechoso.

Las extrañas declaraciones de su presunto inventor, el general Ibrahim Abdelaty, en la cadena de televisión Sada el-Balad, añaden una tromba de escepticismo. Dice que le ofrecieron 2.000 millones de dólares por el artefacto, que él rechazó. “Les dije que asumieran que esto lo inventó un científico egipcio, árabe y musulmán. Pero me dijeron que cogiera el cheque, y que el dispositivo lo llevarían a cualquier país. Les dije que sí, pero me escapé a mi país. Los servicios de inteligencia me protegieron”, declaró el militar.

En este punto, uno puede disculpar al lector que estalla en risotadas. Sin embargo, por la gravedad de las enfermedades, este no es un asunto para hacer bromas, ni tampoco para anunciar remedios milagrosos más propios de un charlatán de antaño.

Quizás lo más grave, y a la vez irónico, de toda esta historia es que el dispositivo lo ha promovido el Ejército egipcio, que se considera el garante del progreso y la modernización del país. “El Estado moderno nace en Egipto con sus Fuerzas Armadas. Somos el orgullo de la patria”, me comentaba recientemente un general retirado. Cuánto material tendría Valle-Inclán para sus esperpentos! Pobre Egipto.

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