Un infierno en el Sinaí

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Benyamin sostiene su collar con una cruz ortodoxa

La península del Sinaí es un territorio de resonancias bíblicas. Considerado santo para las tres grandes religiones monoteístas, allí fue donde Moisés recibió de Dios la tabla de los Diez Mandamientos. Sin embargo, para miles de refugiados e inmigrantes del Cuerno de África, el Sinaí es sinónimo de un infierno de torturas, mutilaciones y, en muchos casos, muerte. Según un reciente estudio de la Universidad holandesa de Tilburgo, en los últimos cuatro años, entre 25.000 y 30.000 personas han sido víctimas de las mafias que trafican con personas en el Sinaí. De ellas, entre 5.000 y 10.000 han muerto. Una de las crisis humanas “más ignoradas” del mundo, dice la ONU.

Territorio desértico y remoto, el Estado egipcio posee un tenue control sobre el Sinaí, que se ha convertido estos últimos años en una base de operaciones para grupos yihadistas, y también para mafias diversas que trafican con órganos, personas, drogas y armas. Estos grupos descubrieron una cruel forma para multiplicar sus ganancias: comprar refugiados etíopes o eritreos “cazados” por la mafia sudanesa de los rashaida y torturarlos brutalmente para forzar a sus familiares a pagar un rescate.

Benyamín (nombre ficticio por cuestiones de seguridad), un adolescente etíope que pudo escapar milagrosamente de su mazmorra, es uno de ellos. La historia de este chico enjuto y de mirada huidiza es especialmente dramática por ser menor de edad, y porque su pesadilla empezó ya en su propio país. A los 15 años fue arrestado y torturado para que delatara a los camaradas de su padre, asesinado por su condición de opositor al régimen. En una sesión de palizas perdió el conocimiento y se despertó en un hospital. Huyó por la ventana del baño y se encaminó hacia Sudán.

Después de cruzar la frontera con el país árabe, un hombre se ofreció a llevarlo al campamento de refugiados de Shagarab. Era un policía que, sin embargo, lo entregó a un grupo de hombres armados, que lo encadenaron de pies y manos y lo encerraron en un recinto con tres docenas de captivos originarios de Eritrea y Etiopía. “En muchas ocasiones son los propios policías y militares sudaneses quienes secuestran y venden a los refugiados. En el tráfico también están implicados eritreos y etíopes. De hecho, algunas abducciones se han producido ya en Etiopía”, explica Stefanie Ruehl, una investigadora alemana residente en Egipto que colaboró con el estudio de la Universidad de Tilburgo, publicado en diciembre.

Tras algunos días de cautiverio, los llevaron en camionetas por el desierto hasta llegar a un barco. Surcaban el Nilo. “El viaje duró varios días. No nos dieron agua y solo algún mendrugo de pan. Teníamos tanta sed que bebíamos la orina que goteaba del piso de arriba, donde habían puesto a las mujeres del grupo, a las que violaban”, evoca el chico. Según el estudio, los encargados de transportar los secuestrados al Sinaí pertenecen a la temida tribu de los rashaida, un clan mafioso que controla el tráfico de armas, drogas y personas en Sudán.

Una vez en el Sinaí, los separaron por nacionalidades y los metieron en dos grandes habitaciones cubiertas por un techo uralita. Entonces empezó la peor etapa del calvario. “Nos dijeron que nuestras familias les debían abonar 24.000 euros a cambio de la liberación. Si no pagaban, nos sacarían los órganos y los venderían. Estaba aterrorizado”, explica Benyamín con una voz temblorosa, apenas audible. En los casos de personas con familiares emigrados a Occidente, el rescate puede ascender hasta los 40.000 euros.

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Benyamin en una ONG que le presta su ayuda

Los traficantes les dejaban teléfonos móviles para que contactaran con sus respectivas familias y amigos. A menudo las llamadas se producen en plena sesión de tortura, y así aumentan la presión a las familias. Con su madre en la cárcel, o quizá también muerta, Benyamín llamó a su tía, pero no contestó. No tenía a nadie que le pudiera ayudar. “En la mayoría de casos se trata de familias muy pobres. No les queda más remedio que vender sus tierras, hacer recolectas en sus aldeas o recurrir a las iglesias. Pocas veces pueden reunir el dinero. Y cuando lo hacen, es habitual que los secuestradores les pidan una suma adicional”, asevera Ruehl.

“Lo peor eran las palizas. Prefería las descargas eléctricas. Las toleraba mejor”, apunta. Las sesiones de tortura eran diarias, y los perpetradores, cinco o seis. Al menos uno era etíope o eritreo y hacía de traductor. El resto, probablemente, beduinos de la zona. El catálogo de torturas de los traficantes da fe del inaudito grado de sadismo al que puede llegar el ser humano. Según el informe citado anteriormente, las torturas incluyen mutilaciones, quemaduras provocadas por plástico fundido sobre la piel, palizas mientras las víctimas están colgadas del techo y humillaciones sexuales como forzarlas a violarse entre ellas.

Otra de maltrato era la privación de comida, agua o cualquier tratamiento médico. “En la habitación había un bidón donde nos hacían orinar. Luego nos forzaban a beber el orín. Era tan asqueroso que el estómago no podría retenerlo y vomitaba. Entonces me obligaban a comer el vómito. Una vez también me obligaron a lamer la sangre de un cadáver”, rememora el traumatizado adolescente.

Las torturas psicológicas también son extremadamente crueles. Por ejemplo, tirar los cuerpos de los confinados que han muerto a los perros, que los descuartizan frente a sus compañeros de penurias. En el caso de Benyamín utilizaron su profunda devoción religiosa: “Al ver que llevaba un collar con la cruz, me ordenaron que quemara una Biblia. Al principio me negué, pero las palizas eran tan duras que lo acabé haciendo”. Cree que sus periódicas plegarias le dieron la fuerza suficiente para poder sobrevivir a un calvario que terminó de forma milagrosa.

“Al despertarnos el día 46 de cautiverio, vimos que no había ningún traficante vigilándonos. Nos vieron tan débiles que se confiaron. La puerta estaba abierta, y el manojo de llaves, en el suelo. Uno pudo cogerlo, y cada uno fue abriendo el candado de sus cadenas”, narra el chico. Salieron del recinto y caminaron media hora, hasta encontrar una camioneta conducida por un barbudo. El jeque Mohamed les llevó a su mezquita, les proporcionó comida y primeros auxilios médicos. Unos días después, gracias a ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, ya tenían la “tarjeta amarilla” que les acredita oficialmente como refugiados.

Antes de que Israel edificara un muro en su frontera con Egipto, muchas víctimas conseguían cruzar al Estado hebreo. Ahora son arrestadas por las autoridades egipcias y deportadas a sus países de origen, o bien se quedan en El Cairo viviendo como refugiados. Actualmente, Benyamín comparte piso con otras víctimas. Vive gracias a las 400 libras mensuales (unos 50 euros) que le concede Cáritas. Sin embargo, su pesadilla aún no ha terminado. “Los traficantes nos llaman al móvil y nos acosan. Alguien de la comunidad eritrea se ha chivado sobre nuestro paradero. Nos vinieron a buscar al apartamento, por lo que tenemos que ir cambiando de vivienda”, cuenta apesadumbrado.

“La policía egipcia no ha hecho nada para acabar con este problema a pesar de que tenemos identificados a los culpables. No sabemos si no es una prioridad o están untados por la mafia”, denuncia Ruehl. Se estima que el lucrativo negocio del tráfico de personas en la región ascendió a unos 450 millones de euros entre 2009 y 2013. “En la actual campaña antiterrorista en el Sinaí, el Ejército ha destruido algunas de las casas de torturas, pero no ha detenido a ninguno de los responsables”, asegura Ahmed Abu Draa, un conocido periodista egipcio con base en la península que ha escrito varios reportajes sobre el tema.

Sin familia ni un país al que poder regresar, Benyamín no es capaz de imaginar un futuro mejor. Su única demanda es simple: “Solo quiero poder vivir sin miedo”.

Artículo publicado en EL PAIS el 26-01-2014

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