La caída de los Hermanos Musulmanes

Doce meses y tres días duró el experimento de gobierno islamista en Egipto. Las repercusiones de su final abrupto e inesperado, a través de un golpe de Estado militar apoyado en las calles por centenares de miles de personas, afectarán durante años la evolución del sistema político en Egipto, del pensamiento islamista en el Mundo Árabe y del tablero geostratégicos en la región.

El presidente Mohamed Morsi y su movimiento político, los Hermanos Musulmanes, cometieron muchos errores durante su corta presidencia. No obstante, es legítimo preguntarse si la asonada era necesaria o había alguna otra mejor forma de reconducir una transición marcada por una profunda polarización en las instituciones políticas, enfrentamientos callejeros y la incapacidad del gobierno de acometer las reformas económicas e institucionales que requiere el país.

El Golpe

El presidente Morsi llegó al mes de junio bastante solo, y con las encuestas registrando una popularidad inferior al 30%. El raïs contaba con el apoyo de su partido, el más poderoso del país, y de varias fuerzas islamistas menores. También creía atesorar el respaldo del ejército. Si no de todo, al menos sí de su comandante supremo y ministro de Defensa, Abdelfattá al-Sissi. Pronto comprobaría que este cálculo era erróneo.

Los Hermanos Musulmanes siempre fueron conscientes de que el ejército es la institución más poderosa de Egipto y que debían negociar los términos de su coexistencia. Según varias fuentes, antes de llegar al poder, los islamistas pactaron con la cúpula que la institución el mantenimiento de su autonomía y sus privilegios. Y así quedó inscrito en la nueva Constitución.

En agosto del 2012, Morsi cesó de forma inesperada la cúpula de la Junta Militar que había pilotado la transición. En su momento, se interpretó como un órdago del raïs para asentar la primacía del poder civil sobre el militar. No obstante, más tarde se supo que más bien fue un simple relevo generacional dentro de la institución realizado con la complicidad de los generales más jóvenes. Al frente de la institución se situó al-Sissi, a quien se atribuían simpatías hacia la ideología islamista. De naturaleza piadosa, estableció una buena relación personal con Morsi. Sin embargo, parece que, poco a poco, la relación fue deteriorándose a causa de discrepancias políticas.

La versión oficial es que al-Sissi decidió llevar a cabo la asonada tras las multitudinarias manifestaciones antigubernamentales del 30 de junio, y con la finalidad de evitar una confrontación civil. Sin embargo, es posible imaginar que hubo otras razones no confesadas públicamente y que la decisión se había tomado con anterioridad. Ciertamente, el país estaba agriamente dividido, y los días previos hubo disturbios que se saldaron con víctimas mortales. Ahora bien, también era así durante el periodo de transición gobernado por la Junta Militar. Desde su inicio, la revolución egipcia ha sido un periodo turbulento.

Así las cosas, resulta extraño que, una vez hecho este diagnóstico, la solución pasara por alinearse con uno de los dos bandos. Si el ejército pretendía jugar el papel de árbitro ante una potencial guerra civil, ¿no sería más lógico buscar una solución intermedia entre las posiciones de gobierno y oposición? La solución impuesta -el derrocamiento de Morsi y el traspaso de los poderes presidenciales al presidente del Tribunal Constitucional hasta la celebración de elecciones anticipadas- se ajustaba casi de forma exacta a la hoja de ruta de “tamarrud”, el movimiento juvenil que lideró las movilizaciones del 30 de junio.

Según un artículo de la agencia Associated Press que cita fuentes del ejército y de los servicios de inteligencia, al-Sissi y Morsi chocaron por sus diferencias a la hora de abordar varias crisis. La más importante de ellas, la amenaza yihadista en la península del Sinaí. El presidente apostaba por la negociación con estos grupos extremistas, mientras que al-Sissi prefería actuar con contundencia y sospechaba que el raïs simpatizaba con ellos ideológicamente.

Por otro lado, es probable que la cúpula del ejército no se sintiera del todo cómoda con el nuevo papel que le había asignado la Hermandad, subordinado al poder civil y completamente alejado de la arena política. A tenor de la erosión sufrida durante el gobierno de la Junta Militar, los uniformados no están interesados en la gestión del país, pero sí en mantener su rol de guardián último de la seguridad y bienestar de la nación. Forma parte de su identidad. La crisis política que vivía el país les ofreció una oportunidad para intervenir y afianzar esta posición.

En la decisión de al-Sissi, pudo también influir la gran hostilidad hacia la Hermandad por parte de algunos influyentes estamentos sociales con vínculos personales o profesionales con la oficialidad del ejército. El gobierno islamista mantuvo una relación conflictiva con la judicatura, los servicios de inteligencia, los medios de comunicación, la burocracia estatal, y la élite empresarial que prosperó con el antiguo régimen. Algo parecido puede decirse de las fuerzas de seguridad. Morsi intentó aplacar los recelos de los mandos policiales renunciando a impulsar un proceso de justicia transicional o una reforma de la institución, dos de las principales demandas revolucionarias. Sin embargo, ello no le granjeó su respaldo, como se demostró durante las últimas semanas de su gobierno, cuando la policía se negó a proteger las sedes de los Hermanos Musulmanes de los asaltos de sus adversarios.

Sea como fuere, de lo que no hay duda es de que los Hermanos Musulmanes se crearon más enemigos en de los que podían soportar. Y ni tan siquiera sus correctas relaciones con Washington les sirvieron de salvavidas cuando todos ellos se giraron en su contra a la vez. El deterioro de las condiciones de vida de las clases más humildes hizo que incluso parte del electorado habitual de la cofradía se subiera a la ola anti-Morsi.

Un panorama incierto

La segunda transición de la revolución egipcia ha empezado de forma muy parecida a la primera: con el ejército forzando la caída del presidente y con la elaboración de una declaración constitucional oscura, vaga, y con numerosos agujeros. No obstante, hay dos cambios sustanciales: formalmente, el poder lo ostenta el presidente del Tribunal Constitucional, y no una Junta Militar; y se establece la aprobación de una Constitución como paso previo a las elecciones legislativas y presidenciales.

Además del cómo se desarrolle la aprobación de las enmiendas de la Constitución, el otro factor decisivo para el éxito del proceso es la respuesta al golpe que dé el islamismo, en todas sus diversas vertientes. ¿Qué lección extraerá de la caída de Morsi? ¿La atribuirá a sus propios errores o a una conspiración internacional contra el Islam? De momento, la Hermandad ha adoptado una actitud desafiante, movilizando a sus bases en las calles. Se impone el cierre de filas y un discurso único: la demanda de la restitución de Morsi en la presidencia del país.

Sin embargo, la consecución de esta pretensión se antoja imposible. El ejército no se retractará, y menos cuando la popularidad de la cofradía se encuentra en horas bajas, y no dispone apenas de medios de comunicación favorables para difundir su narrativa. Los líderes de la Hermandad rechazan categóricamente su integración en el nuevo proceso político, pero no está claro que puedan mantener esta posición a largo plazo, sobre todo si la transición se acaba consolidando. Por mucho que algunos hayan comparado la situación actual con la de Argelia en 1991, no parece que la cofradía tenga la logística ni el apoyo que se requieren para lanzar una insurgencia. Quien sí lo ha hecho ya son los grupos yihadistas presentes en la península del Sinaí, donde se han intensificado los ataques contra las fuerzas de seguridad. La relación de vasos comunicantes entre el islamismo moderado y el radical podría ofrecer a los yihadistas una ocasión de oro para reclutar nuevos activistas y ampliar el alcance y ambición de sus operaciones, circunscritas hasta ahora al Sinaí.

Extracto de un ensayo publicado en la revista Política Exterior

One thought on “La caída de los Hermanos Musulmanes

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s