El islamismo mira a Egipto en busca de pistas sobre su futuro

EL CAIRO.- “El peor momento llegará cuando nuestra sangre empiece a correr.” Así respondió el ex presidente islamista egipcio Mohammed Morsi a uno de sus asistentes cuando, en una de las crisis políticas de su mandato, le preguntaba si aquélla sería la fase más crítica de la presidencia. El comentario de Morsi sintetiza a la perfección la visión del mundo de los líderes de los Hermanos Musulmanes, con más experiencia en el funcionamiento de las cárceles que en la gestión política.

Después de la durísima represión que siguió al derrocamiento de Morsi por un golpe de Estado, el 3 de julio pasado, sus palabras parecen proféticas. O quizá podría tratarse de una predicción autocumplida. Porque la tendencia de los Hermanos a la introversión, su completa desconfianza hacia sus adversarios, les impidió tejer complicidades más allá de su movimiento, dejándolos solos y aislados, a merced de los golpistas.

Con sus líderes arrestados y víctimas de una brutal campaña mediática en su contra, los Hermanos Musulmanes, y en general el islamismo político egipcio, se encuentran acorralados. Y todo ello es observado con gran atención por los movimientos islamistas del mundo árabe, ya que, por su dimensión demográfica e histórica, lo que sucede en Egipto acaba afectando a toda la región.

Los Hermanos están acostumbrados a la represión y la clandestinidad. Ésa fue la tónica dominante de sus 85 años de historia. Sin embargo, el Estado nunca había golpeado tan fuerte a la organización desde la revolución de 1952, liderada por Gamal Abdel Nasser. Ni tan siquiera el ex presidente Hosni Mubarak, reciente bestia negra de los islamistas, se había atrevido a cruzar la línea roja que suponía detener al guía supremo de la organización.

Gracias a sus victorias electorales en estos dos años y medio de convulsa transición, la cofradía desempeñó un rol de liderazgo dentro del movimiento islamista. No obstante, su descabezamiento, probable ilegalización y el posible ascenso del jihadismo ponen en cuestión su papel hegemónico.

Y es que el islamismo egipcio es hoy más que los Hermanos Musulmanes. La revolución de 2011, y el consiguiente proceso de liberalización política, permitió a los islamistas operar con total libertad, y se crearon decenas de nuevos partidos y asociaciones.

De ellos, el más poderoso es el Partido Al-Nour, de tendencia salafista, una rama ultraconservadora del islam. Situados a la derecha de los Hermanos, su gran competidor electoral, hicieron gala de un agudo pragmatismo político, pues bendijeron el golpe de Estado con la esperanza de reemplazar a la cofradía como principal movimiento islamista.

JIHADISMO EN ASCENSO

El tercer gran actor dentro del espectro político islamista actual es el jihadismo. Los expertos están preocupados ante la posible radicalización de los jóvenes de los Hermanos Musulmanes. Históricamente, la relación entre la cofradía y los grupos jihadistas fue de vasos comunicantes. Con sede en la península del Sinaí, el islamismo radical y violento está dividido en una quincena de grupúsculos unidos por una ideología que bebe de las fuentes de Al-Qaeda.

Todos ellos están envalentonados, pues sienten que el golpe de Estado y la represión del islamismo moderado les otorga una ocasión de oro para erigirse en los defensores de un islam asediado. “Ahora es un buen momento para Al-Qaeda para reclutar”, sostiene Khalil Anani, un catedrático especializado en islamismo. Se teme que, gracias a los nuevos reclutas, el jihadismo puede ampliar su ámbito de actuación del Sinaí a las ciudades. “Es cuestión de tiempo que haya una gran explosión en El Cairo”, afirma el experto antiterrorista Brian Fishman.

El resultado de la pugna entre el islamismo pragmático de los Hermanos Musulmanes, el ultraconservador de los salafistas y el violento de los jihadistas de Al-Qaeda puede marcar durante los próximos años la evolución de esta poliédrica ideología no sólo en Egipto, sino en toda la región. Y es que estos tres actores están presentes en la mayoría de los países árabes con diferentes nombres, pero con una misma lucha por liderar este heterogéneo movimiento transnacional.

Después de décadas de represión y exilio, y de asumir una ética de resistencia, la caída o liberalización de varias dictaduras árabes ofrecieron al islamismo político una oportunidad de oro de pasar de la oposición al gobierno de sus países. Una vez consumada esa evolución en Egipto, Túnez y Marruecos, la “primavera árabe” tenía el potencial de anclar en el sistema democrático al islamismo mayoritario, clavando una daga en el corazón de Al-Qaeda.

Las manifestaciones pacíficas de miles de jóvenes habían conseguido en poco tiempo derrotar a regímenes a los que Al-Qaeda apenas hizo temblar con sus bombas. Sin embargo, la asonada en Egipto puede alterar esta ecuación, dando alas a la franja radical del islamismo que aboga por la lucha armada.

Artículo publicado en La Nación el 25-08-2013

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