¿La última oportunidad del reformismo en Irán?

La inesperada y contundente victoria de Hassan Rohani, el único candidato con el áurea de “reformista”, en las elecciones presidenciales de Irán ha sido recibida de forma muy positiva por las cancillerías occidentales, deseosas de mejorar sus conflictivas relaciones con el régimen de los ayatolás. También en las calles de Teherán miles de personas celebraron un resultado que abre una rendija de esperanza a la implantación de reformas en la República Islámica, tan sólo cuatro años después de que el llamado “movimiento verde” fuera brutalmente aplastado.

La alta afluencia a las urnas muestra que la sociedad iraní desea una ampliación de las libertades individuales, el pluralismo político, y el final del aislamiento internacional del país, que ha dañado seriamente su economía. En su primeras declaraciones tras su triunfo, Rohani defendió unas relaciones con el exterior más constructivas, de forma que se abra un periodo de “paz y estabilidad” en el país.

Rezagado en las encuestas al inicio de la campaña, sus opciones de victoria se dispararon tras recibir el apoyo del ex presidente Mohamed Khatami y otros líderes reformistas. Sin embargo, a Rohani cabe definirlo más bien como un pragmático, de la misma pasta que el ex presidente y plutócrata Hashemi Rafsanjani. “El hecho de que se le haya colocado la etiqueta de “reformista” refleja hasta qué punto el espectro político iraní ha girado a la derecha. Hace ocho años, los reformistas le habrían considerado un rival más que un aliado”, sostiene el analista iraní Karim Sadjadpour.

Rohani era, curiosamente, el único clérigo de los seis aspirantes, si bien atesora una larga carrera política que le ha situado cerca de los cenáculos del poder de la República Islámica. Elegido diputado en 1980, presidió el Consejo Nacional de Seguridad en los años 90, y fue nombrado negociador jefe sobre el programa nucelar con la comunidad internacional en 2003, un año después de desvelarse que Irán poseía un programa nuclear secreto. Desde entonces, este asunto ha dominado las relaciones con Occidente, provocando varias rondas de sanciones e incluso que sonaran repetidamente tambores de guerra en Washington y sobre todo en Tel Aviv.

El resultado del viernes retrotrae a Irán a mediados de los años 90, cuando una amplia mayoría social eligió a otro clérigo, Mohamed Khatami, para que aplicara un programa de reformas que suavizara el estricto sistema político de base religiosa diseñado por el ayatolá Khomeini tras la Revolución de 1979.

Sin embargo, Khatami no pudo llevar a cabo su cometido, al sufrir una obstrucción constante por parte del Guía Supremo y sucesor de Khomeini, Alí Khamenei, y la tupida red de instituciones de carácter marcadamente conservador bajo su control. Y es que la República Islámica constituye un complejo híbrido institucional que mezcla elementos propios de una teocracia con otros de una democracia. Ahora bien, la última palabra en los asuntos más importantes recae en el Guía Supremo, la máxima autoridad religiosa del país.

Ante el fracaso de Khatami, los sectores más liberales de la sociedad iraní optaron por desentenderse del proceso político, lo que aupó al ultraconservador Mahmud Ahmadinejad a la presidencia del país en 2005. El retroceso en materia de derechos y libertades volvió a activar a los sectores reformistas. Su movilización en 2009 no se tradujo en la victoria de su candidato, Mir Husein Musavi, lo que atribuyeron a un pucherazo. Su posterior revuelta fue reprimida a sangre y fuergo, y Musavi, sometido a un arresto domiciliario.

Así las cosas, el núcleo conservador que gobierna el Estado, con Ali Khamenei al frente, deberá decidir hasta qué punto permite una liberalización de la vida política y social del país, y una política exterior que tienda puentes a Occidente. “De acuerdo con la Constitución, la política exterior y el dossier nuclear corresponden al Guía Supremo, y al cuerpo para-militar de los Guardianes de la Revolución”, recuerda Sadjadpour, que se muestra escéptico ante la esperanza de grandes cambios, sobre todo en la controvertido programa nuclear iraní. “Las expectativas que ha despertado Rohani son demasiado altas”, añade.

Poseedores del control de la mayoría de instituciones del Estado, los conservadores pueden tener la tentación de maniatar a Rohani, como ya hicieron con Khatami, evitando cualquier cambio significativo del sistema. En caso de hacerlo, y de volver a frustrar las ansias de reforma que de la sociedad iraní, abortarían la que podría ser la última oportunidad de evolución pacífica y gradual de la Republica Islámica, situando a Irán en la misma senda que sus vecinos árabes, es decir, a las puertas de una convulsa primavera.

Publicado en el Diario de las Américas el 16-06-2013

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