Amores prohibidos: detonante de la violencia sectaria en Egipto

El Cairo.-La semana pasada volvieron a retumbar los tambores de la guerra sectaria en Egipto. El viernes, una turba enfurecida intentó asaltar la iglesia de Mar Girgis (San Jorge) en Wasta, un pueblo de la provincia de Beni Suef, situada a unos 120 kilómetros al sur de El Cairo. Esta vez, la policía actuó a tiempo, evitando que la sangre llegara al río. La raíz del conflicto: la enésima historia de un amor prohibido en un país desgarrado por los recelos sectarios. Abraham, un “Romeo” cristiano, se ha fugado con Rana, su “Julieta” musulmana. O al menos, eso dan por hecho los medios de comunicación.

Rana, una estudiante de Filología de 21 años, desapareció sin dejar rastro el pasado 21 de febrero, el mismo día que también se esfumó Abraham, un chico de su barrio de 25 años. Supuestamente, la familia de la joven encontró “folletos religiosos cristianos” en su habitación, y está convencida de que fue secuestrada para forzarla a convertirse al cristianismo. El padre, Kamal al-Shadly, lanzó un ultimátum de un mes a la iglesia de San Jorge para que devolviera a su hija, plazo que se cumplió el pasado jueves. El viernes, tras el rezo del mediodía, centenares de jóvenes atacaron con ladrillos y cócteles molotov a las fuerzas de seguridad que protegían el recinto religioso.

La Iglesia no tiene nada que ver con la desaparición, ni está intentando evangelizar a la comunidad musulmana. La fuga de la pareja es un asunto privado”, declaró al periódico Shuruk el padre Francisco, responsable de la diócesis de Beni Suef. En sus pesquisas, la policía confirmó la inocencia de las autoridades religiosas, e informó que la muchacha viajó a Istambul.

 El caso había adquirido notoriedad ya antes de los disturbios, pues el diputado Kamal Suleiman advirtió que la responsabilidad de los posibles “castigos colectivos contra los cristianos” recaería sobre el ministerio del Interior. Tras reunirse con el Ministro del Interior, el padre de Rana aceptó cejar en sus amenazas y dejar el asunto en manos de la Interpol. Ahora bien, continúa insistiendo a los medios que su hija fue víctima de “magia negra” a manos de un cura ortodoxo. En los últimos días, se ha respirado una calma tensa en Wasta.

Los agravios que denuncian los cristianos en Egipto son variados: trabas a la construcción y reparación de iglesias, discriminación en el nombramiento de altos cargos públicos, falta de reconocimiento de su identidad, etc. Sin embargo, la verdadera mecha de las conflagraciones sectarias son losamores interconfesionales, asociados siempre al tabú de la conversión religiosa, rechazada violentamente por ambas comunidades.

A veces, las historias ni tan siquiera son ciertas, pero poco importa para las mentes más intolerantes. La Revolución tampoco acabó con el poder del rumor. Un ejemplo paradigmático sucedió el pasado mes de marzo, cuando una maestra musulmana desapareció de Kom Ombo, una ciudad del sur profundo. Se rumoreó que tenía un amante cristiano. Durante los tres días siguientes, se produjeron serias reyertas sectarias que dejaron varios heridos. Al cuarto día, la mujer desmintió el bulo desde Sharm el-Sheikh, la turística ciudad del Sinaí.

Uno de los rumores más habituales asegura que, ya sea la Iglesia copta o grupos salafistas, han lavado el cerebro de alguna adolescente, a veces utilizando el cebo del enamoramiento, para forzar el abandono de su fe. Sólo así, a través del recurso a las malas artes, las familias pueden digerir tal alta traición y mantener su honor dentro de la comunidad. Si bien puede haberse dado algún caso de este tipo -siempre muy difícil de probar-, en la mayoría de ocasiones se trata de un simple flechazo que no entiende de castas y religiones. Ahora bien, sí es cierto que la voluntad de legalizar la relación conlleva a menudo la conversión de uno de los dos miembros de la pareja.

En Egipto no existe el matrimonio civil, y el Estado se limita a registrar las bodas celebradas por las autoridades religiosas. En el caso de la Iglesia ortodoxa copta, a la que pertenecen la mayoría de cristianos egipcios, los dos novios deben profesar esta misma confesión. Ni tan siquiera permite, por ejemplo, el matrimonio con un católico. Por su parte, el Islam sí permite que un musulmán se case con una mujer de una de las religiones de la Biblia (judaísmo y cristianismo), pero el matrimonio mixto está prohibido para ellas. La razón tiene una base profundamente patriarcal: la religión de los hijos es siempre la del padre.

La oposición frontal a la conversión debe interpretarse, en parte, como una mecanismo de supervivencia grupal. Así lo es para los coptos, que representan alrededor de un 10% de los 85 millones de egipcios, una cifra que se va reduciendo paulatinamente a causa de la emigración a Occidente. Entre la mayoría musulmana, existe una narrativa victimista que señala el imperialismo y la “invasión cultural del Occidente cristiano” a través de los medios de comunicación.

La ley no prohíbe abiertamente la conversión, ni recoge ningún castigo. Ahora bien, mientras un cristiano puede cambiar la adscripción religiosa en su carné de identidad, al revés es imposible”, asegura Jayson Casper, un investigador de la fundación Arab West Report. Algunos musulmanes que lo han intentado, han sido disuadidos a través de la violencia en las comisarías de policía, o incluso encerrados en un hospital mental. De ahí, que las organizaciones de derechos civiles soliciten la aprobación de una ley que establezca de forma clara los mecanismos para proceder a un cambio de fe.

La principal herramienta para prevenir la conversión es la presión social. Cuando una persona anuncia su voluntad de convertirse, se condena al ostracismo entre sus correligionarios. En los casos más extremos, incluso se arriesga a ser asesinado. Y eso vale para ambas comunidades”, comenta Casper. Según una interpretación fundamentalista de la sharia, o ley islámica, el castigo para la apostasía es la pena de muerte. En Egipto, la Constitución reconoce la sharia como fuente inspiradora del derecho, pero no se aplica de forma directa.

Si bien las raíces de la violencia sectaria son profundas en Egipto, tras la Revolución han aumentado las agresiones contra establecimentos cristianos, lo que se suele atribuir a la relajación del aparato securitario. El sentimiento de desasosiego de la comunidad cristiana se puso de manifiesto hace un par de semanas, en el funeral de las cinco víctimas de la última reyerta sectaria. A la salida de la ceremonia, se produjeron disturbios, y las fuerzas de seguridad lanzaron gases lacrimógenos dentro de la catedral de San Marcos, residencia del patriarca ortodoxo. Los activistas cristianos se muestran muy críticos con la actuación de las autoridades, a las que acusan de estar más interesadas en aplacar a los grupos fanáticos musulmanes que en proteger a las víctimas.

Evitar que si repitan sucesos ataques como los de Beni Suef no requiere de una fórmula compleja, basta con aplicar la ley”, afirma Bishoy Tamrin, uno de los líderes de la Asociación de Jóvenes Maspiro, creada tras la masacre de octubre del 2011, cuando el ejército reprimió una manifestación a favor de los derechos de los cristianos. “Desde 1972, tan sólo ha habido una condena por ataques sectarios. Lo habitual es que las autoridades pongan en libertad a los agresores tras un breve arresto, o que ni tan siquiera lleguen a arrestarlos. La disuasión es nula”, se lamenta Tamrin.

Publicado en El PAIS el dia 5-5-2013

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