Estalla una nueva ola de violencia en Egipto

Convertida en una especie de mal endémico y cíclico, una nueva conflagración de violencia política vuelve a asolar Egipto. En el segundo aniversario de la revuelta que destronó a Hosni Mubarak, elevando la Primavera Árabe a la condición de punto de inflexión en la Historia de toda la región, los enfrentamientos entre manifestantes y policías se saldaron ayer con al menos 6 muertos, y más de 200 heridos.

Decenas de miles de personas se movilizaron en las grandes ciudades del país para exigir una vez más el cumplimiento de las tres demandas simbólicas de la revuelta del 2011 -pan, libertad y justicia social-, ninguna de ellas aún satisfecha a día de hoy. Para evitar una batalla campal entre activistas islamistas y laicos, los Hermanos Musulmanes decidieron no participar en ninguno de los actos públicos de homenaje a la revuelta, dejando la voz de la calle en manos de los movimientos laicos.

“Que caiga, que caiga el gobierno del Guía Supremo!”, fue uno de los lemas más populares entre los manifestantes, en referencia a Mohamed Badie, el líder espiritual de la Hermandad. Y es que para muchos activistas, el gobierno islamista del rais Mohamed Morsi ha heredado algunos de los peores hábitos del antiguo régimen.

Los paralelismos entre la situación experimentada ayer y el 25 de enero del 2011 eran evidentes. La misma sensación de tensión en las calles, los mismos cánticos, las sirenas y los gases lacrimógenos. Incluso las víctimas mortales cayeron en el mismo lugar, la plaza Arbain de Suez, la ciudad egipcia más rebelde que Mubarak ni tan siquiera se atrevió a pisar en 30 años.

También sigue presente el sistema de represión del ex dictador, pues su régimen nunca ha sido del todo desmantelado. Precisamente, coincidiendo con la efeméride, Amnistía Internacional y otras organizaciones de derechos humanos egipcias hicieron públicos informes en los que denuncian que se siguen practicando abusos en las comisarías y cárceles.

Y es que, después de dos años, todavía no se ha hecho una purga del odiado Ministerio del Interior, ni los tribunales han condenado ninguno de los altos cargos policiales responsables de la muerte de más de 850 personas durante la rebelión de invierno de 2011. Mubarak, junto con su ex ministro del Interior, Habib al-Adly, son los únicos que se encuentran entre rejas, aunque recientemente un tribunal de apelación declaró nula la condena a cadena perpetua y ordenó una repetición del juicio.

Ahora bien, el contexto político del Egipto actual es muy diferente del existente hace dos años. Como los faraones en la antigüedad, Mubarak basaba su autoridad en un poderoso aparato represivo, lo que le permitía tratar de compensar la fosilización de la escena política. En cambio, el presidente Morsi posee una legitimidad democrática nacida de las urnas, y cuenta millones de fieles seguidores.

Además, con la nueva Constitución recién aprobada, el sistema político se encuentra en una fluidez permanente. Así, el próximo mes de abril se celebrarán unas nuevas elecciones legislativas en las que la oposición laica, si es capaz de mantenerse unida, podría frenar la voluntad hegemónica de la Hermandad, el partido más poderoso del país.

Este mismo estado líquido es compartido por la mayoría de países de la región, si bien sus condiciones varían de forma muy notable. Túnez, Libia y Yemen, los otros países donde la Primavera Árabe decapitó unas longevas autocracias, experimentan una transición confusa e incierta, no exenta de repuntes violentos. En Siria y Bahrain, los gobiernos continúan en una batalla cruel, sin escrúpulos, para mantener su supervivencia.

Los monarquías conservadoras del Golfo, junto a las de Marruecos y Jordania, son las que mejor han capeado el temporal de agitación política a base de reformas cosméticas y unas ciertas dosis de inversión pública. Sin embargo, sus sociedad están sometidas a unas presiones demográficas y culturales parecidas a las de sus vecinos.

“Hacer predicciones a largo plazo en Oriente Medio es muy arriesgado. Sólo puedo decir que la Primavera Árabe constituye una oportunidad y un desafío para construir sistemas de gobierno más representativos y con una mejor gobernanza”, explica Bruce Riedel, un analista del think tank Brookings Institution que ha ejercido de asesor de Barack Obama.

Ahora bien, este histórico y vasto proceso de cambio comporta también una serie de riesgos e inconvenientes. “La caída de las dictadureas policiales árabes ha dejado amplios territorios al margen de la ley y el control de los Estados, lo que ha sido aprovechado por las franquicias regionales de Al Qaeda para instalarse allí, y reforzar su capacidad operativa”, sostiene Riedel. Y no hay mejor ejemplo de ello que la situación actual del norte de Mali. O de la península del Sinaí, el otro polvorín dentro de las fronteras de Egipto que también suele estallar cíclicamente.

Artículo publicado en La Nación el día 26-01-2013

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