Un Egipto dividido afronta el referéndum constitucional

Según la hoja de ruta prevista, un Egipto esperanzado debía ratificar en las urnas su nueva Constitución democrática, última etapa y piedra angular de su transición. Nada más lejos de la realidad. Tras dos semanas marcadas por las manifestaciones y los enfrentamientos en las calles, un país profundamente dividido inicia el sábado su referéndum constitucional. Ante el riesgo de nuevas erupciones violentas, más de 120.000 soldados han sido desplegados frente a colegios electorales, y centros neurálgicos de las instituciones estatales.

La consulta se realiza finalmente en dos fases. En la primera, este sábado, votan los ciudadanos de 10 provincias, que incluyen las ciudades más pobladas: El Cairo y Alejandría. El próximo sábado 22 de diciembre lo harán el resto, buena parte de ellas situadas en el Delta del Nilo. El presidente Morsi optó por alargar la votación ante la falta de jueces dispuesto a supervisar el referéndum. Y es que la magistratura ha sido uno de los estamentos sociales más hostiles a las últimas y controvertidas decisiones del rais islamista.

El referéndum ha dividido el país en dos bandos que parecen irreconciliables. A favor del “sí”, los Hermanos Musulmanes, el partido de Morsi, y la mayoría de las corrientes salafistas -una rama ultraconservadora del Islam-. A favor del “no”, las organizaciones de jóvenes revolucionarios, y los partidos de la oposición laica, así como algún movimiento islamista moderado, como el liderado por el ex candidato a la presidencia Abdel Moneim Abulfutú.

En las horas previas a la consulta, ambos bandos celebraron manifestaciones en varios puntos del país. En Alejandría, la chispa de un imam instando a votar “sí” reanimó la llamas de la violencia entre partidarios y detractores de la Carta Magna, provocando varios heridos. Por su parte, varias organizaciones revolucionarias llevaron a cabo una campaña de concienciazion entre la población. En El Cairo, una chica ataviada con el velo o hijab reparte folletos en un vagón de metro. Tres usuarios islamistas se le encaran, y la cosa termina a gritos. La tensión se palpa en el ambiente

A falta de encuestas fiables, la mayoría de expertos apuesta por un triunfo rotundo del “sí”. “Creo que la Constitución pasará con más de un 65% de los sufragios. Los islamistas están más movilizados y han construido una narrativa más eficaz”, sostiene Samer Shehata, catedrático de la Universidad de Georgetown.

Además de la presencia de la sharia, una de las herramientas más poderosas del relato islamista es la estabilidad. “El país necesita que construyamos sus instituciones, y así recuperar la estabilidad. No tiene sentido volver a empezar de cero. Si hace falta, podemos reabrir la negociación de la quincena de artículos controvertidos, como ha ofrecido Morsi”, sostiene Ahmed, un abogado con simpatías islamistas que ronda la treintena.

Khairat al-Shater, considerado el poder en la sombra dentro de la Hermandad, realizó una extraña aparición pública esta semana advirtiendo que la economía se encuentra en una situación muy delicada, y que no se puede alargar más la transición. De hecho, a consecuencia de la inestabilidad política, se ha aplazado la firma del préstamo del FMI por valor de cerca de 4.000 millones de euros, una inyección urgente ante un déficit público galopante.

Este discurso tiene como objetivo ganarse lo que aquí se conoce como el “partido del sofá”. Nixon lo llamaba la “mayoría silenciosa”. Es decir, los ciudadanos que no están fuertemente ideologizados, y que no han participado en las manifestaciones de los últimos días. Los analistas consideran que la mayoría votarán a favor del “sí”, o se quedarán en casa.

Sin embargo, hay señales que ponen en tela de juicio de esta tesis, proyectando una sombra de duda sobre el resultado del referéndum. Ciertamente, la oposición no ha hilvanado una narrativa tan coherente, ni cuenta con una engrasada maquinaria. Pero puden propulsarla los fuertes vientos de la polarización. Y es que los Hermanos Musulmanes no sólo suscitan temor entre las clases altas occidentalizadas.

“Voy a votar que “no”, y también la mayoría de mi entorno. Me he leído la Constitución, y no está mal. El problema son los Hermanos Musulmanes, y su voluntad de controlar el Estado y nuestras vidas. Es el momento de pararles los pies”, opina Mohamed, un conserje de 66 años. Su voto, como el de millones de egipcios, va a ser con el estómago. Un mal presagio para para un texto que debería establecer nuevas normas para la convivencia.

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