La Constitución, último pulso de una turbia transición

Desde la caída de Hosni Mubarak, Egipto dibuja una trayectoria errática. El paso del tiempo no aporta claridad, sino que más bien ahonda la sensación de confusión. El jueves, la Asamblea Constituyente terminó con nocturnidad y a toda máquina la redacción de la nueva Carta Magna. Ayer, Tahrir se llenó a rebosar para expresar su rechazo al gobierno del presidente Morsi. Hoy le toca a la Hermandad realizar una demostración de fuerza en la calle. Mientras, el ejército lo observa en silencio desde sus barracones. ¿Hacia dónde va realmente este tumultuoso Egipto post-Mubarak?

No es fácil encontrar una narrativa que explique unos zig-zags que desconciertan tanto a la ciudadanía como a los analistas. La transición egipcia es una cadena de pulsos sin otro hilo conductor que la lucha por el poder. Sus escenarios son variados. A veces es la calle, otras las urnas o los tribunales, pero los actores son siempre los mismos: jóvenes revolucionarios, salafistas, Hermanos Musulmanes, generales, y las redes de intereses que sostenían el antiguo régimen. No obstante, sus alianzas se reconfiguran tras cada batalla. Al final de cada canción, cambian las parejas de baile.

La declaración constitucional del presidente islamista Mohamed Morsi, por la que se arroga poderes cuasi absolutos, es el último órdago que ha realineado una vez más la escena política. El “decretazo” ha unido en un mismo frente jueces celosos de sus prerrogativas y su autonomía, activistas revolucionarios, personalidades laicas, y nostálgicos del viejo orden. En frente, se sitúan las corrientes islamistas: los Hermanos Musulmanes, el partido del raïs, y los movimientos salafistas.

Tras un amago de búsqueda de una salida negociada al conflicto, Morsi ha optado por una huida hacia adelante. La oposición a su decreto es tan amplia y profunda, que sólo una retirada total del texto habría apaciguado las aguas. Pero los Hermanos Musulmanes, envalentonados tras su victoria en su pulso con los generales, no piensan echarse atrás. Creen que cuentan con el apoyo de la mayoría de la población, y prefieren doblar la apuesta. Es decir, acelerar la redacción unilateral de la Constitución, sin el concurso de las fuerzas laicas. Esta estrategia haría que caducara pronto la vigencia del controvertido e interino “decretazo”.

Como suele suceder, el borrador final de la Carta Magna aprobado ayer contiene un lenguaje ambiguo. El perfil concreto del nuevo Egipto dependerá de quién desarrolle e interprete el texto, que no establece una teocracia, pero sí abre la puerta a un mayor rol del Islam en la vida pública. Según Human Rights Watch, el borrador incluye algunas mejoras respecto a la Constitución del 1971, como es una prohibición expresa de la tortura. Sin embargo, no recoge unas garantías robustas a las libertad de expresión y de culto. Además, otorga una amplia autonomía a las Fuerzas Armadas.

Según la normativa vigente, el presidente Morsi deberá convocar un referéndum para ratificar la Constitución durante las próximas semanas. Así pues, la batalla actual se decidirá en las urnas. Entre referendums y las diversas rondas de las legislativas y parlamentarias, los egipcios habrán acudido a las urnas seis veces en menos de dos años.

La Hermandad parece confiada en su victoria. A su favor juega una engrasada maquinaria electoral y una disciplinada militancia, además del apoyo de las mezquitas. Sin embargo, el resultado del envite no está tan claro. Las señales de hastío hacia el estilo de gobierno de los islamista son mayores que nunca. El próximo martes los principales medios escritos y audiovisuales se sumarán a las protestas con un “apagón informativo”. La narrativa de que los Hermandad sólo busca el poder empieza a calar en amplios sectores de la población. De hecho, no hay que olvidar que Morsi se impuso en las presidenciales sólo con un 51% de los votos.

En un panorama marcado por el signo de la incertidumbre, ni tan siquiera la celebración del referéndum es segura. Y es que los jueces, el estamento más hostil al “decretazo” de Morsi, han amenazado con no supervisar la consulta.

A la espera del referúndum, el pulso entre islamistas y laicos se libra en la calle. Igual que el pasado martes, decenas de miles de personas se manifestaron ayer en Tahrir contra últimos movimientos de Morsi. Tras renunciar a disputar a sus adversarios el control de la mítica plaza, evitando un probable baño de sangre, la Hermandad movilizará a sus bases hoy en la Universidad de El Cairo. Mientras, el fragor de la batalla ahuyenta a los turistas, y aplaza importantes decisiones para reactivar la maltrecha economía. Egipto continúa perdido en su particular laberinto.

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