EEUU busca su rol en el nuevo Oriente Medio

La erupción de Gaza agarró al presidente Barack Obama a contrapié. El inquilino de la Casa Blanca se encontraba a punto de realizar su primer viaje internacional tras su reelección al sudeste asiático, región que considera clave para el siglo XXI y hacia la que quiere reorientar el foco de su política exterior. Lo mismo pretendía hacer George W. Bush al inicio de su presidencia, hasta que el 11-S trastocó todos sus planes. Y es que Oriente Medio parece un territorio maldito del que los presidentes de EEUU no se pueden desvincular ni un ápice. Encima, la primavera árabe ha cambiado la ecuación geoestratégica de la región, sumiendo la diplomacia en la confusión.

Durante los primeros días del conflicto de Gaza, Obama adoptó un perfil muy bajo, impropio del líder de la única superpotencia mundial, dejando que fuera Egipto quien asumiero casi en solitario la tarea de mediar un alto al fuego entre Israel y Hamás. EEUU ha ejercido tradicionalmente de mediador entre israelíes y palestinos, pero sólo cuando éstos últimos están representados por la OLP, la organización que lideraba Yaser Arafat. Sin embargo, Washington no mantiene ningún tipo de contactos con Hamás, a la que considera una organización terrorista.

Haciendo gala una vez más de su completo sesgo pro-israelí, Washington se limitó a pedir a Hamás que detuviera el lanzamiento de proyectiles sobre el sur de Israel, pero no hizo lo propio con los bombardeos del Estado hebreo. “EEUU apoya las decisiones que adopte Israel para proteger a sus ciudadanos”, fue la posición oficial repetida varias veces por el portavoz de la Casa Blanca, mientras otros líderes mundiales, como el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, sí instaban a ambas partes a que cesaran las hostilidades.

Al sexto día del conflicto, y cuando aumentaban las posibilidades de una incursión terrestre israelí en Gaza de consecuencias imprevisibles, Obama decidió dar un viraje a su actitud, y envió de urgencia a la región a Hillary Clinton. En aquel momento, las negociaciones estaban a las puertas de un alto al fuego que no se acababa de fraguar. Exactamente un día después de la llegada de Hillary a Oriente Medio, se empezaba a aplicar la tregua. ¿Resultó decisiva la participación de Washington para que Israel aceptara finalmente poner fin a los bombardeos? Difícil de saber, pues las dudas que despertaba la arriesgada invasión tanto entre los generales como entre la población ya aconsejaban a Netanyahu llegar a un acuerdo.

Sea como fuere, la crisis ha puesto de manifiesto la desorientación de la diplomacia estadounidense ante una región en estado de mutación constante tras la primavera árabe. Las revueltas que depusieron a Ben Alí en Túnez y a Hosni Mubarak en Egipto fueron tan inesperadas, que Obama optó por una actitud cautelosa que se traduce en una reevaluación constante de su posición en función de la evolución de la realidad sobre el terreno. Atrás quedó el ambicioso discurso que el presidente pronunció en la Universidad de El Cairo en 2009, en el que prometía abrir una nueva página en las relaciones entre EEUU y Oriente Medio. Ahora la superpotencia ya aspira a modelar el futuro de la región, sino que va a remolque de los acontecimientos.

Ahora bien, ello no significa que Washington esté dispuesto a abandonar los ejes tradicionales de su política exterior, como demuestra el respaldo incondicional a Israel, o su silencio respecto a la revuelta en Bahrein, sede de una importante base naval del ejército. Quizás el principal cambio es su colaboración con los movimientos islamistas moderados gobernantes en Túnez y Egipto. No hay que olvidar que sólo unos meses antes de que Hillary diera en El Cairo su espaldarazo al gobierno de Morsi, el Departamento de Estado prohibían a sus diplomáticos cualquier contacto con miembro de los Hermanos Musulmanes.

El anuncio ayer de la tregua en una rueda de prensa entre Hillary y el ministro de Exteriores egipcio es su mejor ejemplo de este giro, que representa toda una muestra de pragmatismo, y contrasta con el dogmatismo y la soberbia de George Bush. Está por ver hasta dónde llegará la colaboración de Washington con el nuevo eje regional que dibujan Egipto, Turquía, Catar y Túnez, y si implicará también un cambio de postura en otras cuestiones. Por ejemplo, la política de aíslamiento de Hamás, o el enfoque de la guerra civil en Siria. Mal que le pese, todo indica que Oriente Medio continuará siendo la región que consumirá la mayor parte de las energías de Obama en su segunda mandato. Y también la que le generará más quebraderos de cabeza.

Publicado en La Nacion el 22-11-2012

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