Crisis, vértigo, y un presidente shakespiriano

La esperada convocatoria de elecciones el próximo 25 de noviembre por parte del president Artur Mas ha consumado el inicio de una nueva etapa para Catalunya. La vertigionsa aceleración de la Historia tras la manifestación de la Diada está generando todo tipo de análisis y reflexiones, pero pocas ponen en duda la trascendencia del momento. En un post anterior, ya esbocé posibles escenarios de futuro. Ahora me gustaría detenerme en algunos asuntos del debate actual que me parecen relevantes, y pueden acabar condicionando el mañana.

1) Una crisis inevitable: A menudo, los articulistas recurrimos a la metáfora del matrimonio para tratar aclarar las complejas relaciones entre Catalunya y España, ya que su naturaleza, para la mayoría de ciudadanos, es de tipo emocional. Muchos consideran que, a causa de la crisis económica y social que padecemos, este no es el momento más adecuado para abrir una crisis. Sin embargo, como en cuestiones de pareja, raramente uno puede elegir cuando éstas estallan. Cuando un miembro de la pareja le dice al otro aquella manida frase de “tenemos que hablar”, se sabe que se avecina tormenta. La plática se puede posponer días, pero no semanas, ni meses.

Y ese momento lo representó la manifestación del 11-S. En cualquier país democrático normal, que salgan a la calle entre 10% y el 20% de la población obliga a dar respuesta a sus demandas en las instituciones. O al menos, a plantearlas de forma seria. El president Mas, máximo representante del catalanismo hoy por el cargo que ostenta, difícilmente podía hacer oídos sordos al clamor del Passeig de Gràcia. Ahora podemos preguntarnos si estaríamos aquí de no haberse producido la brusca campaña contra el Estatut, si el Estado hubiera dispensado un trato fiscal más justo a Catalunya, o si el Tribunal Constitucional hubiera tenido mayor visión histórica. Pero a 12 septiembre del 2012, la crisis era ya inevitable.

2) Sensación de vértigo: A muchos catalanes, este periodista incluido, la situación les produce vértigo. Es normal. Nos adentremos en terreno virgen, y sin brújula. Por la naturaleza emocional, y para algunos incluso visceral, del debate que ahora se inicia, existe un riesgo real de fractura en la sociedad catalana. Las palabras gruesas, que las habrá, tensarán sus costuras violentamente. Será toda una prueba de fuego para la salud tejido civil del país, para su modelo de integración. Pero en una sociedad democrática madura se ha de poder discutir todo, incluso los límites de su soberanía. Será fundamental que los líderes políticos actúen con responsabilidad. Hay que evitar la tentación de colgar al adversario etiquetas como “mal catalán” o “botifler” que sólo polarizarán un debate enconado. Cada ciudadano ha de tener el derecho de escoger su(s) patria(s), o la ausencia de ella. Porque el día después, a ganadores y perdedores les tocará la difícil tarea de reconcialiarse, y unirse parar tirar adelante un país con otras enormes crisis más allá de la “nacional”.

3) ¿Es aún posible un pacto?: La sensación a día de hoy es que se prepara un choque de trenes. Sin embargo, creo que aún hay puede haber espacio para un pacto que pueda acomodar los intereses y aspiraciones de la mayoría de catalanes, aunque ello no satisfazca plenamente a ninguno de los extremos del espectro ideológico. El acuerdo con España que evite la secesión es aún posible, pero ello requerirá que los grandes partidos estatales, PP y PSOE, den un giro rápido y radical a su concepción de España.

4) ¿Qué quiere Artur Mas?: Con un PSC muy debilitado por sus luchas intestinas, CIU ocupa un lugar dominante en la política catalana. Y por ello, su líder, Artur Mas, tiene en su haber muchas de las cartas que determinarán el futuro de Catalunya. Y a estas alturas, aún no sabemos en detalle cuál es su objetivo, ni su estrategia. Algunos analistas han señalado con perspicacia que Mas utiliza siempre el concepto de “Estado propio”, pero no de independencia, lo que podría dejar un espacio a una salida confederal al laberinto en el que nos encontramos. Pronto le tocará definirse con mayor claridad.

La mutación de Mas es remarcable. Tras ser ungido por Pujol como su sucesor, fue definido como un político mediocre, un tecnócrata acartonado con pocas más virtudes aparte de la fotogenia. Sin embargo, poco a poco, se fue creciendo, y ha aprovechado la actual crisis “nacional” para proyectar una imagen de líder, valiente y con nervios de acero. No se encogió Mas en su discurso en Madrid del 12-S, lugar donde a otros políticos catalanes les entró el miedo escénico. Algunos cronistas incluso le han definido ya como un “estadista”, condición en vía de extinción en una élite política más bien líquida, miedosa y miope.

En cambio, sus detractores le acusan de actuar exclusivamente por motivaciones electoralistas. Quizás tengan razón. No obstante, si así fuera, habría optado por apurar una legislatura en la que goza de una cómoda mayoría, intentado aplacar el furor independentista durante un tiempo, recurriendo al célebre “ara no toca”, y estirando la negociación sobre el “pacto fiscal”. Pero convertido en un personaje shakespiriano, Mas, a quien antes se tidó de nacionalista “light”, parece perseguir más bien la grandeza de entrar con honores patrios en los libros de Historia. De hecho, ya anunció que se retiraría de la vida política una vez terminado el proceso hacia la autodeterminación. Es una apuesta muy arriesgada, al todo o la nada. El primer veredicto llegará el día 25 de noviembre, pero tendremos pistas antes. ¿Qué valoración personal de Mas nos darán las encuestas encargadas estos días a marchas forzadas?

One thought on “Crisis, vértigo, y un presidente shakespiriano

  1. Muy buen análisis de la situación actual catalana.
    Yo opino que lo más probable es que se dé un pacto para el bien de la mayoría de catalanes, porqué el President Mas que vimos el día 12 de septiembre antes de la reunión con el Sr. Rajoy, tan firme y convencido de los temas a tratar y de lo que debía pedir para que Cataluña salga adelante, nos removió a todos. Y este hecho se reflejó con plena satisfacción cuando a su regreso de Madrid se encontró una Plaça de Sant Jaume abarrotada de gente aplaudiéndole y felicitándose.

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