Una multitud exigua, airada y heterogénea en Tahrir

“Yo fui uno de los que subió el martes a arrancar la bandera de EEUU del mástil de la embajada”, anuncia con una sonrisa de orgullo Omar Tarek, un estudiante de periodismo de 19 años. A pesar de no ser islamista ni especialmente religioso, se muestra indignado por el contenido del vulgar filme que desatado la enésima ola de antiamericanismo en Oriente Medio. No obstante, como la mayoría de sus compañeros, reconoce no haber visto la cinta.

“Estamos hartos de que EEUU equipare el Islam con el terrorismo”, apunta Omar, que sostiene un discurso político tan contradictorio como su propia identidad. “Deberíamos cerrar la embajada como medida de protesta, pero no romper relaciones con Washington, pues nos benefician a ambos”. El joven lo sabe bien por experiencia, pues es alumno de la Universidad Americana de El Cairo y habla en un pulido inglés.

Un fuerte estruendo y la posterior estampida interrumpen la conversación. Omar y su amigo Ahmed, un chaval imberbe de 17 años originario de un barrio humilde, se dispersan, saltando por encima de los montones de piedras y cristales esparcidos por la calle que une la plaza Tahrir y la embajada de EEUU, frente de batalla de tres días de enfrentamientos entre fuerzas del orden y manifestantes.

“Tiramos rocas contra la policía porque no nos dejan acercarnos a la embajada, y para responder a sus agresiones. Ellos empezaron con los gases lacrimógenos”, dice Ahmed, expresando el odio que muchos revolucionarios sienten por unas fuerzas de seguridad que no se han restructurado tras la caída de Mubarak. Pasados unos minutos los dos amigos, que se conocieron hace meses en Tahrir, se rencuentran y comentan entre risas la jugada, como si la refriega con la policía fuera un juego de niños. Pura adrenalina.

Omar y Ahmed forman parte de uno de los dos uiversos que se dieron ayer cita en la plaza Tahrir, separados por apenas un centenar de metros de distancia física, a años luz en sus aspiraciones e identidad. En el frente de batalla, hay jóvenes bien afeitados, vestidos con ropa occidental, y ataviados con una mascarilla contra los gases lacrimógenos. No son islamistas, y aunque dicen estar indignados por el burdo filme sobre el profeta del Islam, esa no parece la principal motivación de su ira.

El centro de Tahrir, en cambio, era el terreno de los barbudos, las mujeres con velo integral, y las banderas negras con la inscripción “No hay más dios que Alá”, la nueva enseña del islamismo radical. También se asomaba por encima de la exigua multitud un póster de Bin Laden.

“Nuestro profeta es una línea roja que no se puede cruzar. Es alguien muy importante en nuestras vidas, y tiene que ser respetado”, afirmaba Issam Sami, un ingeniero de mediana edad miembro de la Gamá Islamiya, un ex grupo terrorista.

Entre los congregados, no había un consenso sobre las medidas que podrían aplacar su ira. Algunos solicitaban al gobierno de EEUU la retirada del mercado en del polémico vídeo, si bien nunca ha estado en venta. Otros pedían a Morsi la expulsión de la embajadora de EEUU, o incluso el cierre de la embajada. Sami discrepaba de estas posturas: “No podemos poner en peligro las relaciones con Washington. Bastaría con que se aprobara una ley que prohíba los insultos a todos los profetas, tal como lo está la apología del Holocausto”.

La concentración estuvo convocada por los Hermanos Musulmanes, el partido del presidente Mohamed Morsi, así como diversas organizaciones salafistas. Sin embargo, en Tahrir no se veía ningún símbolo de la Hermandad, lo que sugiere que el movimiento, el más poderoso y bien organizado del país árabe, no quiso movilizar a su militancia. De ahí, el relativo fracaso de una manifestación que apenas si consiguió ocupar la zona central de la extensa y céntrica plaza.

Desde el inicio de la crisis, la cofradía ha exhibido una actitud vacilante, y ha sido incapaz de encontrar un equilibrio entre la necesaria salvaguarda de las buenas relaciones con Washington y la voluntad de dar respuesta a la irritación del islamismo más militante.

Artículo publicado en El PAIS el 15-09-2012

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