La crisis y nosotros

Hoy me permito hacer un inciso en la temática habitual de este observatorio de Egipto y de Oriente Medio para hacer una reflexión sobre “la crisis”, ese pegajoso fenómeno que invade desde hace un par de años la vida cotidiana de la mayoría de españoles.

Durante los últimos meses, y muy especialmente los últimos días, he leído y escuchado numerosos comentarios de índole diversa sobre la crisis. Una de las cosas que me ha sorprendido, y entristecido, es no haber oído ningún ejercicio de autocrítica. De críticas sí, muchas, por todos lados, y siempre dirigidas a los otros: los banqueros, los políticos, los alemanes, o incluso los inmigrantes. Pero los ejercicios de autocrítica brillan por su ausencia.

La actual depresión es tan brutal, amplia y profunda, que no puede ser culpa de un solo gremio. Es un gran fracaso colectivo, de la sociedad en su conjunto.

Ello no significa que la distribución de responsabilidades deba ser equitativa. Ni mucho menos. Ciertamente, los bancos son los principales culpables. Su deber era no conceder créditos a proyectos inmobiliarios inviables una vez ya era evidente que la burbuja era de dimensiones siderales, y no había ninguna necesidad de crecimiento de un parque de viviendas saturado.

Detrás suyo en la lista, encontramos a una clase política que conocía perfectamente el problema, pero prefirió ignorarlo. No se atrevió a eliminar los incentivos perversos que hincharon durante años la burbuja inmobiliaria porque podía restarle votos.

Los otros responsables son aquellos que se dedicaron a especular con suelo y pisos en busca de dinero fácil. Cuando los precios de los apartamentos crecían a un 15% anual, decenas de miles de “inversores”, y no sólo de las clases más altas, se lanzaron a la compra del tocho al grito de “Tonto el último!”.

También colaboraron en el actual desaguisado, probablemente de forma inconsciente, millones de propietarios, bastantes de clase humilde, que pidieron hipotecas por encima de su capacidad de pago. En el ambiente de euforia generalizado que vivíamos, todo sueño parecía posible …

Por último, no deberíamos eximir de culpa a unos medios de comunicación y a una ciudadanía absolutamente acríticos respecto al comportamiento irresponsable de los poderes públicos. No sólo nadie alertó del peligro que representaba la burbuja, sino que la mayoría acogió con regocijo la construcción de aeropuertos inviables en pequeñas capitales de provincia, hoy vacíos, o el dispendio que supuso la amplia red de AVE, estrepitosamente deficitaria. ¿Dónde estaríamos ahora si todos esos mles de millones se hubieran dedicado al ahora manido “cambio de modelo productivo”?

“España es el país con más kilómetros de alta velocidad de todo el mundo”, nos decían los políticos sacando pecho. “Tras sobrepasar en PIB por cápita a Reino Unido, ahora a por Alemania!”, proclamaban, jaleados por periodistas y tertulianos … A nadie se le ocurrió cuestionar si esos ambiciosos objetivos se correspondían con la fortaleza real de la economía española.

Este problema viene de lejos. Por desgracia, nadie explicó a la ciudadanía que la llegada de la democracia no sólo implicaba la concesión de numerosos derechos, sino también de algunas responsabilidades. No se puede construir un sistema democrático vigoroso sin un concepto de ciudadanía exigente. No basta sólo con votar cada cuatro años, sino que es necesario informarse previamente, desarrollar una mentalidad crítica, asociarse, reclamar, etc. En definitiva, una ciudadanía que haga oír su voz. Y eso requiere tiempo, uno de los bienes más preciados y escasos para el hombre moderno.

En estos últimos años, he tenido a menudo la sensación que muchos ciudadanos se comportaban como un niño mimado que no quiere ni oír hablar de cualquier tipo de sacrificio, por muy necesario que sea. Y por tanto, castiga en las urnas a todo aquel que se lo sugiera. Un ex secretario de Estado socialista me explicó que en 2005 propuso a Zapatero eliminar la desgravación a la compra de vivienda, la principal fuente de energía que hinchó la burbuja inmobiliaria. La medida, una especie de vacuna de futuros males, se desestimó de inmediato, ya que la ciudadanía habría montado en cólera de haberse aprobado.

Soy consciente que, actualmente, nuestra necesidad perentoria es encontrar fórmulas para salir del hoyo en el que estamos, más que depurar responsabilidades sobre quién nos llevó hasta aquí. Pero no soy economista, y no sé cuál es la solución mágica.

Y de ahí que me limite a este ejercicio de autocrítica de un desastre del que todos, de alguna forma, somos responsables. Debemos extraer lecciones de nuestro pasado más reciente. Y no sólo de tipo económico. Una bancarrota financiera suele ir precedida de una bancarrota moral. Y sin una necesaria regeneración ética, dudo mucho que nunca podamos recuperar la prosperidad perdida.

3 thoughts on “La crisis y nosotros

  1. Me parece muy acertado tu artículo, pero más que de una regeneración ética, que particularmente opino que muchos piensan que ya obran éticamente, yo hablaría de una regeneración de valores. Y si se me pregunta a qué valores me refiero, citaré los que me vienen ahora a la mente, sin que con ellos agote los que teníamos y hemos perdido en el camino. A saber; capacidad de trabajo, honradez, lealtad, hombría de bien, sacrificio para hacer feliz a otra persona, sociabilidad, entrega en la familia, responsabilidad, olvido de sí,,,etc., etc.
    A pesar de este elenco de valores que entre todos hemos descuidado, unos más que ottros, estoy esperanzada, porqué a veces de los grandes males salen los grandes remedios, y lo que constato en mi ambiente social es que ahora se da más valor a las cosas pequeñas, se va al supermercado con una lista de productos necesarios y ya no se le pregunta al niño en la panadería ¿qué quieres para merendar?, sinó que es la madre o la persona que vaya con él el que toma la iniciativa, o bien se lo lleva a jugar al parque con el bocadillo bajo el brazo.

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