Con Morsi, el islamismo sube al gobierno en Egipto

“Alá está por encima de todos”, así empezó Mohammed Morsi su discurso de investidura en el auditorio de la Universidad de El Cairo, el mismo lugar que escogió Barack Obama en 2009 para pronunciar su discurso sobre el futuro de Oriente Medio.

Fue un momento de una enorme carga simbólica: el primer presidente civil e islamista abría un nuevo capítulo en la larga historia de Egipto y del mundo árabe, gracias a una poderosa ola de cambios endógena, sin el sello de una gran potencia extranjera, por primera vez en muchas décadas.

La celebración de la investidura de Morsi fue un largo proceso compuesto de varias etapas, una vicisitud forzada por la excepcionalidad en la que vive el país árabe, sin Parlamento y en plena lucha de legitimidades.

La primera etapa, con un carácter más popular, tuvo lugar anteayer por la tarde en la plaza Tahrir. Morsi se dio un baño de masas en la mítica plaza, centro de la revolución, donde realizó un juramento simbólico de su cargo. El mensaje de su gesto era claro y representó una advertencia ante la pretensión de los militares de continuar tutelando la vida política del país.

“El pueblo está por encima de todas las instituciones y él es la fuente de legitimidad”, dijo Morsi, entre los vítores de centenares de miles de personas. La mayoría eran simpatizantes de los Hermanos Musulmanes, el histórico movimiento islamista al que perteneció Morsi desde 1985 y hasta la semana pasada, cuando dimitió de sus cargos para convertirse en “el presidente de todos los egipcios”.

Morsi tuvo que esperar hasta la mañana del día siguiente para recibir la investidura formal al pronunciar su juramento de lealtad a la república ante los miembros del Tribunal Constitucional. En teoría, este acto debería haberse celebrado en el Parlamento, pero éste se encuentra disuelto desde hace un par de semanas por una sentencia de la corte suprema.

Después, el flamante presidente se dirigió a la Universidad de El Cairo. En el auditorio estaban presentes las principales personalidades del país: Hussein Tantawi, presidente de la Junta Militar; Kamal Ganzuri, el primer ministro saliente, así como líderes políticos y religiosos. Tras recibir una ovación de los asistentes, Morsi ofreció un emotivo discurso. Descrito a menudo como un político sin carisma, los analistas coinciden en que este ingeniero cambió en los últimos días.

El “rais” rindió un tributo a los mártires de la revolución y aprovechó para reiterar el eje central de su mensaje: su compromiso con “la construcción de un país democrático, civil, libre y moderno”, en el que cristianos y musulmanes convivan en paz.

La última etapa del festejo fue en una base del ejército a las afueras de El Cairo, donde la Junta Militar organizó la ceremonia de traspaso de poderes. Allí se pudo ver un saludo inédito entre Tantawi y Morsi, líderes de dos instituciones que aún no han abandonado su secular duelo por el poder real en Egipto. Desde ayer, el poder formal ya corresponde a los islamistas.

La entrada de Morsi y su esposa, Naglaa Ali Mahmoud, siempre con un riguroso velo, representa el ascenso de una nueva clase social en Egipto, vetada hasta hace poco en el ejercicio de cualquier resorte de poder estatal. La pregunta que se hacen los egipcios es hasta qué punto la llegada de los islamistas a la cúspide del Estado traerá cambios notables en su vida cotidiana.

Por ahora, las competencias de la presidencia no están claras. El llamado “anexo constitucional”, promulgado por la Junta Militar, reserva a la cúpula del ejército el poder legislativo, el derecho de veto en el proceso de redacción de la constitución, y la última palabra en los ámbitos de Interior y de Seguridad Nacional.

Para pedir su anulación, y la restitución de al menos dos tercios del Parlamento, centenares de personas, la mayoría de tendencia islamista, llevan diez días acampados en Tahrir. Por eso el viernes juró Morsi su cargo en la plaza. Y es que la batalla de Morsi por presidir Egipto no terminó con su victoria electoral sobre el comandante Ahmed Shafiq.

Artículo publicado en La Nación el 01-07-2012

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