Egipto decide en las urnas si avala el retorno del régimen Mubarak

Por cuarta vez en los últimos seis meses, unos 50 millones de egipcios están convocados hoy y mañana a las urnas en un clima enrarecido y de gran incertidumbre después del fallo del Tribunal Constitucional que disuelve las dos cámaras legislativas. En esta ocasión, habrá tan sólo dos opciones en las papeletas: Ahmad Shafiq, el último primer ministro de Hosni Mubarak, y Mohamed Morsi, el candidato de los Hermanos Musulmanes.

Sin embargo, con todos el poder legislativo, y probablemente también la Asamblea Constituyente, de nuevo en manos de la Junta Militar, la elección de la ciudadanía egipcia podría limitarse tan sólo a avalar en las urnas el retorno en toda regla de un antiguo régimen que nunca llegó a morir. Y es que, sin una fecha ni un marco claro para la celebración de nuevas elecciones legislativas, no está nada claro que, incluso en caso de imponerse en el ballottage, Morsi pueda realmente gobernar el país.

De momento, la Junta guarda silencio, y no ofrece su interpretación sobre las consecuencias legales del veredicto del Constitucional. A buen seguro, espera a conocer el vencedor de los comicios antes de realizar nuevos movimientos. En todo caso, su orden de sellar el Parlamento e impedir la entrada de los diputados debe haber terminado con las esperanzas expresadas el jueves por la Hermandad de que la disolución del Parlamento fuera sólo parcial.

En la pugna entre los pilares del antiguo régimen y las fuerzas revolucionarias, sólo los primeros parecen contar con una estrategia común. Tanto la disolución del Parlamento como la autorización a Shafiq a concurrir a los comicios a pesar de una ley que se lo prohibía, o la emisión de un decreto que da luz verde al ejército para el arresto de manifestantes, parecen responder a un calculado plan para imponer la contrarevolución.

Frente a estos pilares, una oposición divida y confusa, un legado duradero de la era Mubarak. La enorme desconfianza entre seculares y laicos, además del afán de poder de algunos, impidieron prolongar la unidad en Tahrir más allá de aquellos 18 días mágicos que duró la revolución. Quizás por esta razón, o por su cansancio, las protestas convocadas ayer en la mítica plaza no pasaron de unos centenares de personas.

Muchos activistas parecen decididos a boicotear las elecciones para negarles cualquier lgitimidad. Esta es la postura de Mohamed al-Baradei, ell veterano diplomático y premio Nobel de la Paz que en enero se retiró de los cursa presidencial al considerar que no el proceso no podía ser limpio si lo pilotaba la Junta Militar. Escoger un presidente sin Constitución y Parlamento es como “elegir un “emperador” con más poderes que el dictador. Un travestido”, escribió desde su cuenta de twitter.

Sin embargo, algunas organizaciones revolucionarias, como el Moviemento 6 de abril, parecen inclinarse por apoyar a Morsi como mal menor. Morsi contará también con el apoyo del islamismo político en todas sus diversas vertientes. La disolución del Parlamento puede servir para movilizar al salafismo y a su partido Nour, el competidor de la Hermandad en el campo islamista, y considerado el otro gran perdedor del veredicto del Constitucional.

Una de las claves del ballottage será su limpieza. Más de 9.000 observadores electorales y cerca de 14.000 jueces velarán por el estricto cumplimiento de la normativa electoral. La expectativa de Hafez Abu Saada, el coordinador de las 50 ONGs locales que realizarán tareas de monitoreo, es que no habrá un pucherazo.

“En la primera vuelta hubo algunas irregularidades, pero fueron de poco importancia, insuficientes para alterar la voluntad popular. Estas están siendo las elecciones más limpias en las hisotria del Egipto”, declaró a la Nación Abu Saada, con más de una década de experiencia en las tareas de monitoreo electoral.

No obstante, tan importante es que sean limpias, como que están sea la interpretación de la ciudadanía, y sorbre todo los perdedores. Y los Hermanos Musulamanes, en algunas de sus declaraciones, han dejado entrever que sólo consideran posible un triunfo de Shafiq mediante el fraude electoral.

Estas elecciones son de gran trascendencia no sólo para Egipto, sino también para un Mundo Árabe que ha visto como una inesperada ola de revueltas inciada en Túnez zarandeaba los cimientos de su orden tradicional. Ahora bien, gane quien gane en las urnas, difícilmente habrá noqueado a su adversario. El ballottage de es un importante episodio, pero no el último, de una larga luchar por controlar los designios del gigante árabe.

Artículo publicado en La Nación el 16-06-2012

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