Aumenta la tensión en Egipto antes de las elecciones

“¿A quién vas a votar, a Morsi o a Shafiq?”, preguntaba un anciano a su panadero de toda la vida, en el barrio capitalino de Dokki. “Pues aún no lo sé, no me gusta ninguno!”, respondió, encogiéndose de hombros. Durante los últimos días, todas las conversaciones, ya sea en los cafés, en el metro, o el mercado, parecen girar en torno al ballottage del próximo fin de semana. Esta fijación es lógica pues en las urnas se enfrentarán dos candidatos con proyectos diametralmente opuestos: Mohamed Morsi, el candidato de los islamistas Hermanos Musulmanes, y Ahmed Shafiq, el último primer ministro de Mubarak.

A medida que se acerca el duelo, va creciendo el clima de crispación en la calle. Durante la semana pasada, la sede central de la candidatura de Shafiq en El Cairo fue pasto de las llamas del odio. Y por si no hubiera suficiente tensión, el controvertido veredicto del “juicio Mubarak”, por el que el ex presidente fue condenado a cadena perpetua, pero fueron absueltos sus dos hijos y seis altos cargos de la policía, encendió de nuevo el fervor revolucionario en la Plaza Tahrir.

Unos dieciséis meses después de la caída del último faraón, la mítica plaza está de nuevo ocupada permanentemente por los jóvenes activistas, que durante los últimos días han sido capaces de congregar a centenares de miles de personas en dos manifestaciones masivas. Sus demandas son la repetición del “juicio a Mubarak” por parte de un tribunal revolucionario, la aplicación de la ley de “aíslamiento”, que permitiría descalificar a Shafiq del ballottage, y la formación de un consejo presidencial que asuma el poder el próximo 30 de junio, periodo en el que debería terminar la transición con la entrega de poderes al nuevo presidente electo por parte de la Junta Militar .

Esta última demanda implicaría reescribir la hoja de ruta de la transición, un escenario inaceptable para la Junta Militar, sobre todo ahora que su candidato preferido, Shafiq, cuenta con opciones de hacerse con la presidencia. El cuestionamiento de la hoja de ruta por buena parte de la ciudadanía a tan sólo una semana del ballottage es un fiel reflejo de lo enmarañada que ha sido transición a causa de la descarnada lucha de poder entre los principales actores de la escena política egipcia.

De hecho, el galimatías legal en Egipto es de tal magnitud que los electores aún no saben hoy cuáles serán las competencias del próximo presidente. En teoría, la distribución de poderes entre las diversas instituciones estatales debería haber sido definida en la nueva Constitución. No obstante, la Asamblea Constituyente se encuentra bloqueada desde principios de abril por las desavenencias entre islamistas y laicos, y por una sentencia de la justicia que ordenó su disolución. Tras semanas de estira y afloja entre partidos, y gracias a la presión de la Junta Militar, el pasado jueves se llegó a un principio de acuerdo para que próximo martes se elija una nueva Asamblea Constituyente con una mayor presencia de representantes laicos en detrimento de los islamistas.

Además, ni tan siquiera la celebración del ballottage es del todo segura. El día 14 de junio, a menos de 48 horas para la apertura de las urnas, el Tribunal Constitucional decidirá sobre la aplicación de la “ley de aíslamiento”, y la posible descalificación de Shafiq, lo que podría llevar a una repetición de todo el proceso electoral. Sin embargo, en un sistema judicial altamente politizado, y plagado de fieles del antiguo régimen en sus más altas posiciones, la anulación de los comicios sería una auténtica sorpresa.

La Hermandad ha intentado capitalizar la ira de los sectores más favorables a la revolución para propulsar la candidatura de Morsi. No obstante, de momento, no ha sido capaz de conseguir el apoyo público de los dos candidatos derrotados que mejor encarnan el espíritu de Tahrir, el nasserista Hamdin Sabahi y el islamista moderado Abdel Moneim Abulfutú. Entre ambos recibieron el 38% de los sufragios en la primera vuelta, mientras que Morsi y Shafiq rozaron el 25%.

En sus negociaciones con la Hermandad, y a cambio de su apoyo, varios partidos y personalidades laicas y revolucionarias han pedido compromisos claros y por escrito de que los islamistas no monopolizarán el poder, ni impondrán una teocracia. De momento, Morsi se ha limitado a ofrecer promesas bien intencionadas, pero vagas. Por su actitud, parecen dar por hecho que recibirán el apoyo del voto anti-Shafiq, que se plantea boicotear los comicios. “Los Hermanos deben hacer concesiones ahora si quieren aumentar sus opciones de victoria”, declaró a La Nación Samir Shehata, profesor egipcio de la Universidad de Georgetown.

Publicado en La Nación el 09-06-2012

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