Un islamista y un militar lucharán por presidir Egipto

A falta de la confirmación de los resultados definitivos por parte de la Junta Electoral, los medios de comunicación egipcios ya daban ayer por hecho que Mohamed Mursi, el candidato de los Hermanos Musulmanes, y Ahmed Shafiq, el último primer ministro de Mubarak, disputarán los días 16 y 17 de junio la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales históricas, las primeras después de la revolución egipcia.

Con el recuento ya finalizado en prácticamente todos los colegios electorales, la Hermandad, que contaba con una tupida red de apoderados, confirmó esta previsión anoche en una rueda de prensa. Se espera que durante las próximas horas la Junta Electoral convoque una rueda de prensa para anunciar los resultados definitivos.

De confirmarse los pronósticos, las dos instituciones más poderosas de Egipto, el ejército y los Hermanos Musulmanes, librarán una nueva batalla en una guerra secular por hacerse con las riendas del gigante árabe. Aunque la Junta Militar, que administra el país desde la renuncia de Mubarak, ha reiterado en numerosas ocasiones su neutralidad, para la mayoría de ciudadanos es evidente que Shafiq, un comandante retirado de las Fuerzas Áreas, es el aspirante del estamento militar.

Así pues, el país vivirá unas semanas de gran tensión que pondrán a prueba la solidez de una transición. Como muestra de la tormenta que se avecina, Omar Suleimán, el hombre fuerte de Mubarak durante dos décadas y aspirante descalificado, advirtió de la posibilidad de un golpe de Estado si los Hermanos Musulmanes consiguen la victoria. En teoría, la Junta Militar debería traspasar sus poderes al presidente electo el próximo 30 de junio.

Quizás por todo ello, el recuento mantuvo en vilo a todo el país, pues en algunos momentos parecía que el nasserista Hamdin Sabahi tenía opciones de desplazar a Shafiq del segundo lugar. Al ser un día festivo, los cafés estaban llenos, y el resultado electoral eran el centro de todas las conversas, y de no pocas discusiones. Las cadenas de televisión aprovecharon esta fiebre electoral para emitir programas especiales durante todo el día.

Los resultados dejaron en evidencia los pronósticos de los analistas y de las encuestas, poniendo de manifiesto que la cofradía islamista, a pesar de haber perdido popularidad, cuenta con una formidable maquinaria electoral. Basta recordar que su candidato, poco conocido y falto de carisma, no superaba el 5% de intención de voto en los sondeos realizados al inicio de la campaña. Sin embargo, terminó siendo el más votado. Asimismo, las urnas expresaron el anhelo de estabilidad de buena parte de la población, angustiada después de 15 meses de transición salpicados de continuos espasmos de violencia.

Para entender estos sorprendentes resultados también hay que tener en cuenta que, con una democracia recién estrenada, una buena parte de la población no ha desarrollado unas sólidas afiliaciones partidistas. Además, a medida que se calentaba la campaña, la sociedad se fue polarizando, lo que favoreció a los candidatos con un perfil más marcado, y una ideología más pura. Es decir, Mursi, con su promesa de aplicar la sharia de forma acelerada, y Shafiq, laicista a ultranza y defensor sin complejos de la era Mubarak, al que llegó a definir como un “modelo” en un mitin.

En cambio, Musa y Abulfutuh, los dos grandes favoritos al inicio de la campaña, se fueron desinflando. La ciudadanía castigó su ambigüedad, con la que aspiraban a captar votos de varias familias ideológicas. Abulfutuh, un islamista moderado, espantó a los laicos por su alianza con el salafismo, una rama ultraconservadora del Islam. Musa, por su parte, se distanció de Mubarak, pero se negó a criticar los excesos de la Junta Militar.

Una de las muchas sorpresa que depararon las urnas fue el meteórico ascenso durante los últimos días de Hamdin Sabahi, un candidato al que pocos analistas habían concedido opción alguna de pasar a la segunda vuelta, y que a última hora le arrebató miles de electores laicos a Musa. Líder del partido nasserista Karama, nacionalista y de izquierdas, Sabahi hizo de la lucha contra la pobreza uno de los ejes de su campaña. De hecho, fue el único de los principales aspirantes que apeló directamente a las clases más humildes en un país en el que el aproximadamente un 40% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Ello le permitió ampliar sus su base de apoyo de más allá de Tahrir, y adjudicarse la victoria en algunos de los suburbios más pobre de El Cairo, como Imbaba.

Hoy se abre un periodo de negociación sobre posibles alianzas de cara a la segunda vuelta entre los diversos candidatos. Una organización que apoyaba a Abulfutú, un islamista moderado que fue expulsado de la Hermandad, ya anunció ayer su apoyo a Mursi, y las presiones a los candidatos para que muevan ficha serán enormes.

Si agregamos los votos favorables a la revolución y los de los nostálgicos del antiguo régimen, Mursi debería ser el gran favorito, pues entre Musa y Shafiq no superan el 35% de los sufragios. Sin embargo, ese no es el único eje de la política egipcia, sino que hay otro igualmente importante: la posición del Islam en la vida política. Por ejemplo, ¿a quién votarán los jóvenes revolucionarios de Tahrir que detestan a la vez a la Hermandad y a Shafiq? Egipto se encuentra en una verdadera encrucijada, con dos caminos ante sí diametralmente opuestios. Un Oriente Medio convulso observará con mucha atención el duelo, del que puede depender la suerte de la Primavera Árabe.

Artículo publicado el 26-05-2012 en La Nación

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