Siria se adentra en una guerra civil

Mientras el Consejo de Seguridad de la ONU volvía a abordar la crisis siria después de varios meses de inacción, en el país árabe se intensificaba la semana pasada la represión del régimen, y los combates entre el ejército nacional y las milicias opositoras. Bashar al-Assad cada día se encuentra más aislado y débil, pero no ofrece ninguna señal de estar dispuesto a ceder. Siria se adentra en una guerra civil que puede ser larga y muy sangrienta.

Hace diez meses, y gracias a los ejemplos tunecino y egipcio, una buena parte del pueblo sirio le perdió el miedo a su dictatorial Gobierno, y decidió mostrarlo diariamente en las calles. Desde entonces, el régimen sirio lleva a cabo una cruel represión que, según los cálculos de la ONU, se ha saldado con al menos 5.400 muertos, además de todo tipo de violaciones de los Derechos Humanos.

Sin embargo, en las últimas semanas, y sobre todo después de la suspensión de la misión de observadores de la Liga Árabe, la violencia se ha intensificado. Mientras el pasado verano el desafío al régimen estaba sobre todo concentrado en algunas zonas concretas, como Homs o Daraa, actualmente los pueblos y ciudades sublevadas abarcan el país de norte a sur. Los combates entre el ejército y miles de desertores, agrupados en el Ejército Libre Sirio han llegado incluso a las puertas de la capital, que hasta hace parecía ajena a cualquier tipo de disturbio o manifestación.

Muchos expertos consideran que el conflicto ya reúne todos los requisitos para poder considerarlo una guerra civil. Entre ellos, Josep Maria Royo, investigador de la Cátedra UNESCO de la Universidad Autónoma de Barcelona: “Tras la formación de una organización militar de oposición al régimen, y habiendo alcanzando el número de muertos y desplazados un número muy elevado, ya podemos denominar la situación en Siria como “un conflicto armado”.

El pasado 22 de enero, la Liga Árabe tomó una decisión que muchos expertos definen como un punto de inflexión en la crisis siria: la presentación de un plan que se basa en la dimisión del presidente Bashar al-Assad, y la formación de un gobierno de unidad nacional encargado de administrar el país hasta la celebración de unas elecciones libres. Marruecos elevó la semana pasada una propuesta de resolución muy parecida en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y que además añadía un embargo de armas. No obstante, su aprobación se enfrentaba a un arduo obstáculo: el derecho a veto de Rusia, un tradicional aliado del régimen de sirio.

Si bien la adopción por parte del Consejo de Seguridad del plan de la Liga Árabe supondría un duro golpe para Damasco, parece poco probable que forzara una dimisión de su “raïs”, determinado a resistir hasta el final. “No creo que la resolución sea decisiva para decantar la balanza. Como en otros países, las sanciones son y serán violadas sistemáticamente. Por ejemplo, Hezbollá puede optar por romper el embargo, y tiene las herramientas para continuar sosteniendo el Gobierno de Bashar”, considera Royo.

Durante estos diez meses de revuelta, la estrategia del régimen ha sido siempre la misma: responsabilizar de los “disturbios” a oscuras conspiraciones extranjeras y a mano del yihadismo, a la vez que anunciaba reformas políticas y amnistías para los presos políticos. Empero, la oposición nunca confió en la palabra de al-Assad. Y tenía sobradas razones para no hacerlo.

Tras la muerte del astuto y cruel Hafez al-Assad en el año 2000, el ascenso al poder de su hijo fue acompañado de una relajación de la dictadura. Casi una década antes de la Primavera Árabe brotó la Primavera de Damasco, un periodo de intenso debate social y político. Las esperanzas de libertad se convirtieron rápidamente en un simple espejismo, y el Gobierno recuperó su talante represivo. Desde entonces, Bashar al-Assad ha anunciado en una veintena de ocasiones amnistías o reformas políticas para convertir dotar el sistema político de pluralismo, pero ninguna ha dado lugar a cambios sustantivos.

Para neutralizar la rebelión, Bashar confía sobre todo en el ejército sirio, un instrumento de represión del régimen construido meticulosamente por su padre para garantizar una férrea lealtad. Al igual que en los temidos servicios de inteligencia interna, los temidos mujabarat, Hafez al-Assad situó en los puestos clave de responsabilidad a miembros de su familia o de su secta religiosa, los alauitas, una rama heterodoxa del chiísmo. La mayoría del país, de religión sunnita, aporta sólo los soldados rasos, y los oficiales de menor gradación.

Esta sólida estructura y las represalias macabras contra todos aquellos soldados que desacaten órdenes (o contra sus familias), ha hecho posible que el ejército sirio y las fuerzas de seguridad no se hayan resquebrajado después de diez meses de masacrar a una población civil indefensa. Si bien es cierto que en los últimos meses se ha creado el Ejército Libre Sirio a partir de desertores, se calcula que está integrado por sólo entre 7.000 y 15.000 soldados, mientras que el ejército cuenta con unos 300.000 efectivos.

Además de militares y fuerzas de seguridad, el régimen dispone de las temidas shabiya, unas milicias paramilitares alauitas responsables de algunas de las peores atrocidades cometidas en el conflicto. Por ejemplo, las shabiya han sido muy activas en Homs, la ciudad más castigada por la guerra, y con una marcada división sectaria. “La ciudad está ahora mismo llena de checkpoints y dividida en sectores según su composición sectaria. Como han habido matanzas de carácter religioso, los sunitas no se atreven a entrar en los barrios alauitas y al revés”, explica Hazim Hakmi, un estudiante de Medicina sirio en El Cairo, y cuya familia reside en Homs, la tercera urbe del país.

Una de las estrategias del régimen para afianzar la lealtad de la comunidad alauita ha sido difundir la idea de que, en caso colapso del Gobierno, ésta sería víctima de una masacre a manos de fundamentalistas sunitas. Muchos expertos temen que esta aseveración, creíble a ojos de muchos alauitas a causa de la rebelión islamista de hace casi tres décadas, puede acabar convirtiéndose en una profecía autocumplida si no se frena pronto una cruel represión ejercida y liderada sobre todo por alauitas. El fantasma de Irak es presente en las mentes de muchos sirios a causa de la enorme diversidad étnica y religiosa del país que, además de la alauita, cuenta con las minorías kurda, cristiana y drusa.

Jaber al-Shufi, representante en El Cairo del Consejo Nacional Sirio, la principal organización de la oposición, discrepa de estos negros pronósticos: “No hay terreno abonado para tal cosa. El pueblo sirio nunca permitirá un conflicto de esta naturaleza”. Según al-Shufi, las informaciones de los medios estatales sirios que ven la mano de Al Qaeda detrás de las movilizaciones son pura “propaganda”.

El ya de por sí complejo panorama doméstico sirio se complica aún más por la dimensión internacional de la crisis. Por su localización e historia, Siria es una pieza clave en el tablero de ajedrez de Oriente Medio. Tanto para Rusia como para Irán, Damasco representa su más preciado aliado en la región, por lo que ambos han prestado su apoyo a al-Assad. Además, Siria juega un rol clave en la cuestión de la seguridad de Israel. Si bien la frontera entre ambos países ha sido la más estable de las que posee el Estado hebreo con sus vecinos árabes, el régimen de al-Assad ha proporcionado un apoyo muy importante a las milicias de Hezbolá y Hamás en su cruzada contra Israel.

En el bando opuesto del eje regional se sitúan EEUU, Francia y las petromonarquías del Golfo Pérsico, que ven con un gran recelo cualquier aumento en el poder e influencia de Irán en Oriente Medio. Hasta hace pocos meses, todos ellos pretendían modificar el comportamiento de Damasco, desligarlo de su alianza con Irán. Sin embargo, quizás a causa de la perseverancia de la oposición siria, ahora optan por un cambio de régimen, un deseo compartido por Turquía, la nueva potencia emergente.

Ahora bien, de momento, no existe apetito alguno en las cancillerías occidentales para una nueva aventura militar en el mundo islámico que pueda abrir otra caja de pandora. Además, esta empresa se ve dificultada por el rechazo de Rusia y China, siempre opuestas a cualquier intervención militar que pueda rehacer equilibrios geostratégicos en favor de Occidente.

Así las cosas, todo indica que la crisis siria tiene cuerda para rato. Desgraciadamente, la guerra civil puede ser larga y muy sangrienta.

Artículo publicado en El Siglo (06-02-2012)

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