Ultras, los otros héroes de la Revolución

Ultras del Ahly y el Zamalek, enemigos históricos, hermanados por la tragedia de Port Said

Los trágicos incidentes en el estadio de fútbol de Port Said, en el que murieron al menos 74 personas y cerca de un millar resultaron heridas, han servido para despertar el interés de los medios internacionales por el papel desempeñado por las barras bravas egipcias en la política del país, y sobre todo en su Revolución.

Mucho se ha escrito sobre los bloggeros egipcios y de la importancia de Facebook en el derribo del régimen de Mubarak, pero la osadía de las barras bravas, o “ultras” como se les conoce en el país árabe, merece también una mención especial. En concreto, las de los dos clubes más laureados del país: los “Ultras Ahlawy”, del Ahly, y los “Caballeros Azules” del Zamalek.

Avezados en las técnicas de guerrilla urbana después de incontables escaramuzas en los estadios, los hinchas se situaron en la primera línea del frente en las duras batallas del pasado año en el centro de El Cairo. Fue gracias a su valentía y organización que los revolucionarios pudieron derrotar en las calles a las fuerzas de seguridad y ocupar Tahrir, desnudando el poder del último faraón, Hosni Mubarak.

Atif Abdel Aziz, de 19 años, y cabeza rapada responde al perfil habitual de un ultra. Nacido en un barrio pobre, no terminó la escuela secundaria y no tiene un empleo. “Yo soy un hombre libre, mi trabajo es el Ahly y la Revolución”, comenta a La Tercera. El joven no se desplazó a Port Said para presenciar el funesto partido que enfrentó al equipo de sus amores con el Masry, pero sí lo hicieron muchos de sus amigos. Dos de ellos murieron.

“Esta masacre ha sido una venganza de la policía y del antiguo régimen por nuestro activismo. Pero no nos amedrentarán. No pararemos hasta hacer caer el gobierno militar”, advierte con ira en los ojos Abdel Aziz. De hecho, en los estadios, las barras bravas alternan los cánticos de apoyo a los jugadores con otros despectivos hacia la Junta Militar y el gobierno. Entre los gritos más populares figuran el “Tantawi [el presidente de la Junta] es como Mubarak. Tu turno será el siguiente”, y “Abajo, abajo el gobierno militar”.

Sin embargo, este furor por el activismo político no tiene una larga tradición entre las barras bravas. Al menos en los últimos años. Hasta el estallido de la Revolución, los hinchas más fanáticos estaban sólo ocupados en apoyar a sus equipos, y enzarzarse en peleas con sus adversarios, y sobre todo con la policía. Fue sólo en enero del año pasado que los “ultras” redirigieron su inquina por las fuerzas del orden hacia la cúpula de un sistema político “corrupto” que “asfixia la juventud”.

Al igual que en otros sectores de la sociedad, la invasiva dictadura de Mubarak pretendía controlar unas organizaciones tan amplias y populares como las barras bravas de los clubes de fútbol, el deporte rey en Egipto. Según el periodista Karim Alrawy, en 2004 un grupo de jóvenes decidió desafiar a las autoridades y creó una nueva barra brava, los “Ultras Ahlawy”, cuya membresía era secreta. “Ni cristiano, ni musulmán, soy un ultra del Ahly”, era su mantra, toda una declaración de principios en un país tan conservador como Egipto. La política era entonces un ámbito muy lejano en las preocupaciones de aquellos jóvenes.

Lo mismo sucedía con las barras bravas de los otros clubes. El régimen no permitía ningún tipo de expresión de oposición a su gobierno. Y los odios entre equipos respondía más bien a cuestiones deportivas, o como mucho rivalidades regionales. Esta era la única tensión entre los hinchas del Ahly y el Masry, los clubes involucrados en matanza de Port Said. Sin embargo, hubo un tiempo que el fútbol sí tenía una fuerte componente política: antes de la Revolución del año 1952, la liderada por Násser.

En aquel Egipto cosmopolita, vivían numerosas comunidades de inmigrantes: griegos, italianos, sirios y, obviamente, británicos, pues el Reino Unido era la potencia colonial. Puesto que llegó al país de su mano, los primeros equipos fueron fundados por extranjeros, que solían agruparse por nacionalidades. Por ejemplo, el Olímpicos de Alejandría, era la escuadra de la comunidad griega. El Zamalek, fundado por ingleses, era el equipo del rey Faruk, y por ende, del establishment.

En la turbulento periodo entre los años 1919 y 1952, marcado por las ansias de independencia del movimiento nacionalista egipcio, el fútbol adoptó unas fuertes connotaciones políticas. Los equipos se dividían entorno al mismo eje que fracturaba la sociedad: egipcios frente a extranjeros, estos solían apoyar la administración colonial del país. Tras la Revolución de Násser, y el progresivo éxodo de las comunidades foráneas, todos los equipos experimentaron un proceso de “nacionalización”. No obstante, el Zamalek aún ha conservado un cierto aire elitista, frente al cariz más populista del Ahly.

Artículo publicado en LA TERCERA (5-02-2012)

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