El eterno retorno de la Revolución Egipcia

Si los estoicos levantaran cabeza y pudieran ver los acontecimientos acaecidos en Tahrir durante los últimos meses, podrían refutar su teoría del eterno retorno, a saber, la visión de la Historia como un conjunto de ciclos que se repite continuamente. La tragedia en el estadio de fútbol de Port Said ha desbordado la indignación de activistas y “ultras” futboleros, desencadenando la enésima ola de enfrentamientos entre policías y manifestantes en los aledaños de Tahrir en el Egipto post-Mubarak.

En las últimas horas, los altercados provocaron la muerte de cuatro personas. Dos de ellas perecieron la noche del jueves en Suez a causa de los disparos de la policía. En el Cairo, también por la noche, murió un manifestante por el impacto de pelotas de goma, y un soldado atropellado por un vehículo militar. Además, más de 1.500 personas resultaron heridas, según el último balance del ministerio de Sanidad.

Muchos de ellas recibieron primeros auxilios en la mezquita de Omar Makram, situada en una esquina de Tahrir, y convertida en un hospital improvisado cada vez que se produce una erupción de violencia. “Esta noche hubo varios heridos por disparos con pelotas de goma, pero ahora todos vienen con síntomas de asfixia por los gases. El cuadro médico no es grave, sólo necesitan oxigenación”, declaró Karim Salem, uno de los doctores voluntarios que gestiona el hospital.

Según el médico, a diferencia del pasado mes de noviembre, los gases lacrimógenos son del tipo habitual. En aquella ocasión, la policía utilizó gases extremadamente tóxicos, algunos caducados desde hacía una década, provocando la muerte por asfixia de varios jóvenes revolucionarios.

Las escenas de ayer en Tahrir eran bien familiares: carreras frente a la policía, activistas cargando sobre sus hombros a compañeros heridos, jóvenes con las caras blancas, embadurnadas de una loción de agua y levadura contra los gases lacrimógenos. Y todo ello, con el sonido de las sirenas y los gritos de “Caiga, caiga el gobierno militar!” como banda sonora.

Habitualmente, cada uno de estos ciclos se inicia con una brutal actuación de las fuerzas del orden contra un número reducido de activistas, lo que despierta las iras de miles de jóvenes revolucionarios, que se dirigen a Tahrir con ánimos de revancha. En los alrededores de la mítica plaza se respiran entonces gases lacrimógenos y aires de reyerta.

Sin embargo, cada nuevo ciclo de enfrentamientos presenta alguna variación. Por ejemplo, en noviembre, fue la invención de las “motos-ambulancia”, un vehículo ideal para sacar a los heridos de las angostas calles donde se situaba el frente de batalla. En el actual, la omnipresencia de los símbolos futbolísticos, y muy especialmente las banderas del Ahly, el club al que pertenecían la mayoría de las víctimas en la masacre de Port Said.

Este bucle infinito en el que ha caído la turbia transición egipcia se debe a la incapacidad de los jóvenes activistas de acumular suficiente masa crítica para conseguir su objetivo último: derribar la Junta Militar. Una buena parte de la población ansía recuperar la estabilidad, pues cree que con ella mejorará la maltrecha situación económica. Por ello, en lugar lanzar una nueva ola revolucionaria, prefiere esperar al 30 de junio, fecha en la que los militares han prometido que entregarán el poder al futuro presidente electo.

Ahora bien, detrás de la apariencia estable de este panorama cíclico, se esconde una importante transformación en el mapa político egipcio que podría alterar esta ecuación: la constitución del primer Parlamento representativo de la voluntad popular.

La marca electoral de los Hermanos Musulmanes, que quedó al borde de la mayoría absoluta en las legislativas, tiene la legitimidad y la capacidad de alterar el equilibrio de fuerzas entre Tahrir y la Junta. Hasta ahora, se ha decantado por apuntalar el calendario castrense, pero la presión popular tras una tragedia como la de Port Said podría forzarles a reconsiderar su posición, algo que no sería extraño a tenor del carácter volubles y oportunista de los islamistas egipcios. Ya advertían los filósofos griegos sobre la capacidad de engaño de los sentidos.

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