Túnez y los islamistas marcan el paso

A pesar de las largas colas, en los colegios electorales tunecinos y sus alrededores se respiraba el pasado domingo un ambiente de contagiosa ilusión y felicidad. Los ciudadanos salían sonrientes de las urnas, y mostraban a las cámaras con orgullo el dedo índice de la mano derecha, cubierto de tinta oscura, y prueba irrefutable de su compromiso cívico.

Aquella noche, todos los analistas y líderes políticos coincidieron en valorar la jornada como histórica y exitosa. La participación fue muy alta, superior al 80%, y no se registró ningún incidente violento de gravedad.

La alegría estaba plenamente justificada, pues no sólo eran las primeras elecciones libres en la historia de Túnez, después de una larga espera, sino también las primeras organizadas por uno de los países sacudidos por la “Primavera Árabe”. Por esta razón, era especialmente importante que la jornada transcurriera con normalidad, y el pueblo tunecino expresara con su participación un apoyo masivo al proceso de transición democrática.

Tal como anunciaban las encuestas, Ennahda, el partido islamista moderado liderado por Rachid Gannouchi, se hizo con un claro triunfo, obteniendo alrededor del 40% de los votos.

A una notable distancia le siguieron los tres principales partidos que competían por el espacio político laico y Aridha Chaabia, un partido liberal de derechas. Este último partido, creado por un magnate de la comunicación con muy buenas relaciones con el derrocado dictador, Ben Alí, fue una de las grandes sorpresas de los comicios.

Sin embargo, a causa de un sistema electoral estrictamente proporcional, Ennahda no consiguió la mayoría absoluta de los escaños, por lo que deberá pactar con el resto de partidos la formación del nuevo gobierno que sustituya a la autoridad interina.

De hecho, antes de conocer los resultados definitivos, los líderes islamistas ya habían anunciado esta medida, en línea con lo estipulado en “Declaración del camino de la transición”, una hoja de ruta firmada por las principales fuerzas políticas del país.

Este documento establece que el nuevo parlamento ejercerá de Asamblea Constituyente y nombrará un presidente y un primer ministro. Su mandato será el mismo que el de los propios diputados, de un solo año, el tiempo que se estima necesario para redactar la nueva Constitución. Tras este periodo, se disolverán las cámaras, y se convocarán nuevas elecciones y un referéndum para aprobar la Carta Magna.

Si los principales actores políticos actúan con sentido de Estado y cumplen los términos de esta hoja de ruta, este país árabe habrá sido capaz de completar una transición modélica de un cruel régimen policial a una democracia liberal sin apenas derramamiento de sangre.

Túnez tiene todos los requisitos para triunfar, y convertirse así en un espejo en el que pueda mirarse una región con profundas ansías de libertad, pero que continúa cautiva de las ambiciones de poder de un variopinto grupo de déspotas.

En primer lugar, cuenta con una población reducida (10,5 millones de habitantes), homogénea desde el punto de vista religioso y étnico, además de un nivel de desarrollo económico y educativo relativamente alto. Su única desventaja para ejercer este rol es su posición periférica dentro del Mundo Árabe.

No obstante, ello no impidió que fuera este país quien encendiera la chispa de las revueltas árabes a través de la acción desesperada de Mohamed Bouazizi. Poco se imaginaba el pobre vendedor ambulante que su suicidio a lo bonzo desencadenaría una ola de cambios históricos que afectaría las vidas de docenas millones de personas.

País pionero en las reformas políticas

Probablemente, no es casualidad que Túnez haya ejercido de vanguardia del Mundo Árabe en su proceso de democratización, pues este pequeño país fue pionero en la región en la introducción de formas de gobierno más representativas. Khayr Eddin, un primer ministro de mediados del siglo XIX, inauguró un proceso de reformas siguiendo la estela europea, que profundizó la colonización francesa en las décadas posteriores. Habib Bourguiba, líder independentista y déspota ilustrado, continuaría avanzando por este mismo camino, anclando Túnez en un sistema laico de corte afrancesado.

Sin embargo, este rápido ritmo de reformas políticas y sociales, aplicado por una élite autóctona francófonca y occidentalizada, se hizo a espaldas de las capas más populares, aferradas a la tradición y al Islam. Ello provocó una verdadera dislocación cultural del país, y generó un cierto resentimiento hacia la clases dominantes que sirve para explicar las dinámicas políticas actuales.

La victoria de Ennahda en las elecciones del domingo, al igual que la del AKP de Erdogan en Turquía, es el resultado natural de la ampliación de la participación política a aquellos sectores excluidos anteriormente por el sistema, y puede servir de antecedente en procesos similares en otros países de la región.

Al poder hacer oír su voz por primera vez, esta adopta un tono islámico, y expresa el deseo de renegociar la identidad del país. Esto provoca la inquietud entre los sectores laicos de la sociedad, que temen una deriva del país hacia modelos retrógrados basados en la aplicación estricta de la “sharia”, o ley islámica, como los vigentes en Arabia Saudita e Irán.

Sin embargo, estos miedos parecen exagerados, al menos en el caso tunecino. Desde hace más de dos décadas, Rachid Gannouchi ha abrazado la democracia y el pluralismo político, abandonando el ideal teocrático. Meses antes de poner fin a un exilio de más de dos décadas, Gannouchi, uno de los pensadores islamistas más prestigiosos del mundo árabe, recibió a el SIGLO en su apartamento de las afueras de Londres, donde reiteró sus postulados moderados.

“Creemos que la soberanía debe residir en el parlamento, y el hecho de que las leyes que apruebe estén en consonancia con la sharia debe depender de la voluntad popular, y no de un órgano de sabios religiosos”, afirmó con su habitual cadencia reposada.

Quizás en su juventud, Gannouchi soñó alguna vez el establecimiento de un gran califato que, regido bajo la ley islámica, uniera a todos los pueblos musulmanes. Pero sabe que este ideal, de intentar ser aplicado hoy, desgarraría la sociedad tunecina, una auténtico híbrido entre la cultura y herencia europea, árabe e islámica.

De hecho, los resultados de las elecciones son un firme reflejo de las dos almas de este país. Ciertamente, Ennahda obtuvo una gran victoria, pero su dimensión se vio agrandada por la fragmentación del espacio político laico. Si los partidos seculares se hubieran agrupado bajo una sola plataforma habrían obtenido un porcentaje de los sufragios parecido al de Ennahda.

Consciente de esta realidad política, a sus 70 años, Gannouchi parece comprometido con la idea de crear una marca política que, desde una ética conservadora musulmana, respete el pluralismo y los derechos individuales, reconciliando Islam y modernidad. Una síntesis que también realizaron los partidos cristiano-demócratas europeos el siglo pasado.

Ahora bien, para conseguirlo, deberá romper con los sectores fundamentalistas, minoritarios en la sociedad tunecina, pero que apoyan hoy a Ennahda. Es sobre todo la intolerancia de estos grupos, la que despierta los recelos entre los tunecinos laicos sobre una supuesta agenda islamista oculta.

A Gannouchi, y al resto de líderes políticos corresponde la tarea de encontrar un sistema que acomode las distintas sensibilidades de la sociedad tunecina. Este sería el mejor ejemplo que podrían dar no sólo a Oriente Medio, sino al mundo entero.

One thought on “Túnez y los islamistas marcan el paso

  1. Parece ser que todo irá bien en un futuro, habiendo sido las elecciones tan exitosas, y veo que tiene mucho sentido común haber elaborado la “Declaración del camino de la transición”. Es un alivio que las primeras elecciones en Oriente Medio comiencen con buen pie.

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